Ardua tarea


Sexto domingo de Pascua


Primera lectura: Hch 15,1-2-22-29 Salmo responsorial: Salmo 66 Segunda lectura: Ap 21,10-14.22-23 EVANGELIO Juan 14,23-29


Ardua tarea

22 de mayo de 2022

Capitel del Cenáculo. Pelícano dando de comer su sangre a las crías, símbolo de la Eucaristía.


Nota: Si prefieres oír el texto del comentario que sigue, haz click aquí.


Jesús le contestó: -El que me ama, guardará mi palabra, mi Padre lo amará y vendremos a él y viviremos con él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que oís no es la mía, sino del Padre que me envió. Os dejo dichas estas cosas mientras estoy con vosotros, pero el valedor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre por mi medio, él os lo irá enseñando todo, recordándoos todo lo que yo os he expuesto.

La paz os dejo, mi paz os doy…; no os la doy como la da el mundo. No estéis intranquilos ni tengáis miedo; habéis oído lo que os dije: que me marcho para volver con vosotros. Si me amarais, os alegraríais de que vaya con el Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo dejo dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda lleguéis a creer.


Hoy domingo, 22 de Mayo, me imagino a Jesús de Nazaret dirigiéndose al mundo con estas palabras:


̶ La paz os dejo, mi paz os doy… No estéis intranquilos ni tengáis miedo.

Según estimaciones de las autoridades ucranianas han sido dañados o destruidos en bombardeos y fuego de artillería más de 32 millones de metros cuadrados de edificios residenciales, más de 23.000 kilómetros de carreteras, casi 300 puentes, un número indeterminado de estaciones y vías de ferrocarril —vitales para la evacuación de millones de civiles y el traslado de suministros y armas al frente, a lo que se suma la destrucción de más de 195 fábricas y negocios y el bombardeo u ocupación de largos terrenos agrícolas que han vapuleado al tejido económico del país.

En Ucrania han sido destruidas o afectadas por los bombardeos rusos 400 instituciones sanitarias, más de 940 sedes educativas (entre escuelas, guarderías y universidades); en el este de Ucrania, en concreto, una de cada seis escuelas.


̶ La paz os dejo, mi paz os doy… No estéis intranquilos ni tengáis miedo.

Los daños en infraestructuras se acercan a los 90.000 millones de dólares, y la factura económica total podría ascender a los 600.000 millones de dólares, algo más de tres veces el valor del PIB de Ucrania. Y aun así, los datos son incompletos. Con los puertos en el mar Negro (Odesa, Nikolaev) bloqueados por la flota rusa y ocupados los de Mariúpol (mar de Azov) y Jersón, Ucrania ha perdido uno de sus mayores ingresos: la exportación de grano.

En Ucrania han sido dañados o destruidos más del 90% de los edificios. En el norte, la ciudad de Borodyanka ha sido prácticamente borrada hasta los cimientos y Járkov, la segunda ciudad más poblada del país, continúa bajo intenso fuego enemigo…


̶ La paz os dejo, mi paz os doy… No estéis intranquilos ni tengáis miedo. Sumados a la península de Crimea y los territorios pro-rusos del Donbás, el Kremlin ya ocupa unos 120.000 km², esto es, un 20% del territorio ucraniano, aunque esta cifra está lejos de las expectativas iniciales.

Y además de toda esa destrucción, las pérdidas de vidas. Nadie sabe realmente cuántos civiles ucranianos han muerto… El ministro de Defensa británico, Ben Wallace, afirmaba que su país estima en 15.000 la cifra real de fallecidos. El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, ha asegurado que el ejército de su país ha matado a más de 23.000 soldados rusos. El Kremlin no ha actualizado su número oficial de bajas desde el 25 de marzo, cuando reconoció que 1.351 de sus soldados habían muerto. La estimación más reciente de la ONU, del 3 de mayo, sitúa el mínimo en 6.546, aunque admite que el número real es mucho más alto. Individualmente, algunas ciudades ucranianas han publicado estimaciones que eclipsan de lejos las cifras de la ONU: Mariúpol ha estimado más de 20.000 muertes de civiles.


̶ La paz os dejo, mi paz os doy… No estéis intranquilos ni tengáis miedo.

Moscú ha perdido más de 600 tanques, una cifra cuatro veces mayor a todos los que cayeron en la guerra soviética de Afganistán, que duró nueve años. Muchas de esas bajas han servido para fortalecer al ejército ucraniano, que ha capturado cientos de vehículos. De acuerdo con estimaciones del Pentágono, Ucrania cuenta a día de hoy con más tanques sobre el terreno que Rusia.

La invasión rusa desató un envío masivo de armamento por parte de la mayoría de los miembros de la OTAN hacia Kiev. Con Estados Unidos a la cabeza, los aliados se comprometieron a procurar miles de millones de dólares en apoyo militar, suministrando un amplio abanico de material que incluye misiles tierra-aire, artillería pesada, drones, tanques y helicópteros, entre otros… De valor incuantificable por el momento.


̶ La paz os dejo, mi paz os doy… No estéis intranquilos ni tengáis miedo.

De Ucrania han huido de sus hogares más de 13 millones de personas desde que comenzó la invasión. Entre ellas, más de 5,6 millones han escapado hacia naciones vecinas. Polonia es, con diferencia, el destino más común para los refugiados ucranianos, albergando más que el resto de los países fronterizos con Ucrania juntos.

Rusia está atravesando su mayor inflación en 20 años, con un aumento de precios del 17,3% en el mes pasado, y existe un consenso entre analistas de que sufrirá una contracción anual de entre un 10% y un 15% del PIB. Sin embargo, el Kremlin ha logrado, por ahora, aguantar la tormenta financiera considerablemente mejor de lo que se esperaba, en gran medida gracias a los enormes ingresos que sigue percibiendo de las exportaciones de energía…


He tomado estos datos casi al pie de la letra de artículo-reportaje de Alicia Alamillos y Lucas Proto, publicado en el diario El confidencial cuando se cumplían 75 días de la invasión.

(https://www.elconfidencial.com/mundo/2022-05-09/una-factura-millonaria-y-la-destruccion-de-un-pais-10-datos-de-la-invasion-rusa-de-ucrania_3420013/)


El que me ama guardará mi palabra.

El texto del evangelio que se lee hoy, domingo sexto de Pascua, está tomado del relato de la Última cena según el evangelista Juan, durante la que Jesús, antes de ser vilmente ejecutado, deja a sus discípulos un encargo, que llamábamos el domingo pasado “su última voluntad”: Amaos los unos a los otros como Yo os he amado. A lo que Jesús añade ahora una advertencia: El que me ama, guardará mi palabra, mi Padre lo amará y los dos vendremos a él y viviremos con él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que oís no es mía, sino del Padre que me envió.

Y es que, en contra de la trágica realidad de la tónica de la política internacional, la vida de Jesús no fue en ningún momento un alarde de poder, de violencia o de fuerza. La trasformación de la sociedad humana que él propone no se hace por la fuerza de las armas. Todo lo contrario. La fuerza de las armas lleva a la muerte. Jesús, sin embargo, quiere formar una comunidad con los que deseen responder al ofrecimiento de dar incluso si es necesaria la propia vida, para dar vida al prójimo… Su mensaje es el del amor al ser humano más allá de lo que se puede soñar. Amor y fuerza o violencia son absolutamente incompatibles. El Padre y Jesús, que son uno, establecerán su morada en el discípulo, cuando este demuestre su amor al prójimo, amando como Jesús amó.


¿Qué es guardar su palabra?

El Maestro nazareno dio en la clave: amarlo a él equivale a guardar su palabra, llevándola a la práctica. Y su palabra‑mensaje no fue otra cosa que la fidelidad al pueblo por el que hay que desvivirse, el servicio incondicional a las capas inferiores y marginadas de éste, la lucha por su liberación, la abolición de las nuevas esclavitudes, hoy más refinadas que nunca, la construcción de una sociedad diferente donde las relaciones entre los hombres no sean de lobo a hombre, la conquista de un mundo donde los que más tienen, tengan menos, para que los que no tienen tengan algo y, sobre todo, un mundo sin guerras y en paz y progreso.


No es fácil cumplir esta palabra del Maestro. Supondrá una fuerte lucha contra los que desde arriba traten de conservar sus privilegios, contra los que desde abajo pretendan excusar o exculpar su pasividad, contra los que desde el medio traten de poner vaselina en las úlceras y tumoraciones de nuestro tiempo sin adoptar remedios enérgicos y decididos. Tal vez los cristianos hayamos olvidado guardar su palabra y cumplir el encargo de amar con la medida de Jesús. Tal vez, me temo, hay demasiados “cristianos”, pero no tantos seguidores del maestro nazareno.


Llama la atención que, tras expresar Jesús su última voluntad, concretada en el encargo encarecido a sus discípulos de amar como él amó, se despida con estas palabras: La paz os dejo, mi paz os doy… No estéis intranquilos ni tengáis miedo.


¿Cómo no tener miedo ante tanto horror?

Sin duda son otras circunstancias. Cuando Jesús pronunció aquellas palabras, todavía no había sido condenado a muerte, ni sus discípulos habían comenzado a sufrir persecución por su causa. Miedo, por supuesto, que sentirían cuando fuesen perseguidos, como nosotros ahora y mucho más como los ciudadanos envueltos en esta guerra.

A pesar de eso, Jesús desea la paz, más aún, encarga encarecidamente trabajar intensamente por ella.


La paz que Jesús desea

Pero ¿qué clase de paz desea Jesús?

El Diccionario de María Moliner define la palabra “paz”, en primer lugar, como "situación en la que no hay guerra o lucha"; en segundo lugar, la considera sinónimo de "tranquilidad", "ese estado de ánimo en cualquier sitio o situación cuando no hay lucha o intranquilidad de ninguna clase". Para los orientales, sin embargo, la raíz shlm --de donde deriva shalom-paz-- expresa esa dimensión elemental de la vida humana, sin la cual esta pierde gran parte de su sentido, si no todo. Con la palabra “paz” se indica "lo que está completo, íntegro, cabal, sano, terminado, acabado, colmado". La paz, así entendida, designa todo aquello que hace posible una vida sana armónica y ayuda al pleno desarrollo humano, y a culminar el proyecto de ser humano que Jesús quiere para la humanidad.

En el Nuevo Testamento, la palabra griega eirênê-paz aparece acompañada de otros sustantivos con los que se coordina y complementa. De la mano de eirênê van amor y alegría (Gal 5,22 Rom 15,13); gloria y honor (Rom 2,20); vida (Rom 8,6); honradez (Rom 14,17); amor (2 Col 13,11; Ef 6,23); misericordia (Gal 6,16); favor/gracia y misericordia (1 Tim 1,2; 2 Tim 1,2; 2 Pe 1,2; Jn 3); rectitud, fe y amor (2 Tim 2,22). Eirênê se muestra de este modo como el ámbito propio para el desarrollo de una vida humana en plenitud. La palabra “paz” para un hebreo representa el conjunto de todos los bienes a los que, en el ámbito de la justicia (Is 60,17; Sal 72,3.7; 85,11), puede aspirar el ser humano; paz es la satisfacción de las necesidades verdaderamente humanas; paz es la felicidad que se logra mediante la experiencia del amor compartido; paz es el resultado de convertir este mundo en un mundo de hermanos. A esta clase de paz apuntaban las antiguas promesas de los profetas cuando imaginaban los tiempos en los que Dios establecería definitivamente su reinado por medio del Mesías (Os 2,20; Is 2,4; 9,5; 11,6-9; Miq 5,1-3). Antes de morir, el Mesías Jesús desea a los suyos que sean capaces de construir con todas sus fuerzas, y unidos al resto de los habitantes del planeta, ese mundo en el que habite la paz, como sinónimo de progreso y desarrollo humano.


Amor y paz. ¡Ni odio ni guerra!

Así de claro, amor y paz –y no odio o guerra- es lo que trae y desea Jesús a sus seguidores y lo que pediría hoy a gritos en el siglo XXI. Lo más opuesto al amor es el odio, la guerra fratricida entre personas o pueblos. Guerra tan cruel como la que está durando ya tantos días en Ucrania, demasiados días ya de una guerra que se proyectaba corta; demasiada destrucción; demasiada muerte, como estamos viendo.


Y yo me pregunto para terminar: ¿Cuándo los cristianos de todo el mundo guardarán-cumplirán la palabra de Jesús y se unirán a las grandes religiones y al resto de los seres de buena voluntad para eliminar para siempre del diccionario de la vida la palabra “guerra” que tanta muerte ocasiona?


Un grito unánime de las religiones del mundo

Un “no” a la guerra y un “sí” rotundo a la paz, en el sentido que hemos expresado más arriba, debería ser el grito unánime de los cristianos, de las iglesias y de las religiones en estos momentos cruciales para la humanidad:


̶ Grito unánime de los cristianos de todo el mundo que nos hiciera salir a las calles a gritar “no a la guerra” hasta aislar y frenar totalmente al dictador que ha invadido Ucrania y está arrasando el país, y sí a la paz que es sinónimo de progreso, de desarrollo humano, de plenitud de vida.


̶ Grito unánime de las iglesias, de la católica con Francisco al frente, quien se ha manifestado muchas veces abiertamente contrario a esta guerra nefasta, aunque, lamentablemente –tal vez por razones de tipo diplomático-, no ha pronunciado todavía el nombre de Putin, el dictador, y ha apuntado a que esta guerra pudiera tener su origen en el acoso de la OTAN a Rusia.


̶ Grito unánime de la iglesia rusa y del patriarcado ortodoxo de Kiev y Moscú, que apoyan sin ambages la invasión rusa de Ucrania. ¿Cómo se puede justificar desde el evangelio tanta destrucción y tanta muerte.


̶ Grito unánime de las grandes religiones de la tierra que, unidas al resto de los seres de buena voluntad, deberían proclamar a todos los vientos su fuerte anhelo de paz como puerta para el progreso y el desarrollo humano individual y colectivo.


Llama la atención que, cuando soñábamos con un mundo en paz y progreso, de nuevo el fantasma de la guerra ha abierto sus fauces y está a punto de devorarnos a todos. ¡Dios no lo quiera!


Porque el Dios de Jesús, que se define como “puro amor”, no quiere esta guerra de temibles consecuencias para el mundo entero, consecuencias que ya se hacen notar en las economías de los países desarrollados, pero que las pagarán -también y principalmente- los países en vías de desarrollo, y especialmente “todos los pobres de la tierra”, debido al encarecimiento de los productos y materias primas necesarias para una vida con dignidad.


Ojalá que el Espíritu Santo –que no es otra realidad que el amor de Dios- sea nuestro valedor en todo momento y, especialmente, en estos tiempos tan cruciales para la humanidad, recordándonos el proyecto de convertir este mundo en un mundo de hermanos que conviven en paz. ¡Ardua tarea!

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