¿Cristianos de dos clases?

Actualizado: 21 jul


XVI Domingo del Tiempo Ordinario


Primera lectura: Génesis 18, 1-10a.

Salmo 14.

Segunda lectura: Colosenses 1,24-28.

EVANGELIO Lucas 10,38-42

¿Cristianos de dos clases?

17 de julio de 2022

Judío ortodoxo. Jerusalén.


Nota: Si prefieres oír el texto del comentario que sigue, haz click aquí.


Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada María, que se sentó a los pies del Señor para escuchar sus palabras. Marta, en cambio, se dispersaba en múltiples tareas. Se le plantó delante y le dijo: -Señor, ¿no se te da nada de que mi hermana me deje sola con el servicio? Dile que me eche una mano.


Pero el Señor le contestó: -Marta, Marta, andas preocupada e inquieta con tantas cosas: sólo una es necesaria. Sí, María ha escogido la parte mejor, y ésa no se le quitará.


Fue Orígenes, al parecer, quien introdujo en la Iglesia la famosa distinción entre los preceptos y los consejos evangélicos. Según esta, los primeros obligan a los cristianos de a pie o seglares, mientras que los segundos (concretamente el trío de pobreza, castidad y obediencia) ofrecen el modo de conseguir una perfección mayor dentro del cristianismo a quienes los practiquen. Tal distinción no concuerda demasiado con una interpretación seria del evangelio, pues monopoliza el radicalismo evangélico en provecho de una clase, la de los religiosos, de modo que la vía de los cristianos no religiosos sería menos perfecta, menos segura. De todos modos, no está de más observar que de los tres consejos evangélicos (pobreza, castidad y obediencia), el único verdaderamente evangélico, porque aparece expresamente en los evangelios, es el de la pobreza a la que Jesús invita practicando en la vida de cada día lo que hoy podríamos llamar una austeridad solidaria; los otros dos, la castidad y la obediencia no aparecen en los evangelios, dato este cuando menos curioso y llamativo, pues se ha insistido más a lo largo de la historia de la Iglesia en estos dos que en el primero. Tan es así que, dentro de las órdenes religiosas, los consagrados, hombres o mujeres, solían llevar, por lo común, una vida austera, pero las órdenes religiosas en cuanto tales, a lo largo del tiempo, acumularon inmensas fortunas en patrimonio y bienes, dato este que se concuerda poco con la primera bienaventuranza de Mateo: “Dichosos los que eligen ser pobres, porque ellos tienen a Dios por Rey”, bienaventuranza esta que se ha mal traducido pasando al pueblo como “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.


Puede verse a este respecto el comentario a esta primera bienaventuranza en el comentario al sexto domingo del tiempo ordinario publicado en esta misma web: https://www.ibicla.org/post/dichosos-los-pobres


También el curso que impartí online, que se encuentra en Youtube, en cinco lecciones, titulado “Jesús y el dinero en tiempos de Covid-9. Más allá del liberalismo” . Puede verse en https://www.youtube.com/watch?v=UxDzpx3AAWM


A esta clase, considerada “privilegiada”, pertenecen en total en la Iglesia Católica unos 6.000 institutos de vida consagrada. Son los conventos de monjas o frailes entre los que podemos enumerar Agustinos, Benedictinos, Capuchinos, Carmelitas, Dominicos, Franciscanos, Jerónimos, Jesuitas y Trinitarios, además de las órdenes religiosa femeninas. Cada orden religiosa tiene una casa general y luego provincias que tienen cierto grado de autonomía, con un patrimonio que puede oscilar entre los dos y los cincuenta millones de euros. Estas órdenes, al igual que cualquier empresa, tienen depósitos, cuentas corrientes, fondos de inversión acciones y bonos. Algunos de los miembros de las distintas congregaciones tienen también rentas por su trabajo. Además, las congregaciones religiosas tienen ingresos por su actividad hospitalaria y educativa, e incluso reciben herencias y donaciones. Por último, obtienen también ingresos de su patrimonio inmobiliario y financiero. Pobreza individual, pero riqueza institucional o comunitaria.


Pero volviendo al tema central del evangelio, en el Nuevo Testamento no se habla de una clase de creyentes –frailes y monjas- a quienes estén reservadas unas exigencias particulares que les conviertan en un grupo de “perfectos”, porque el evangelio va dirigido en su totalidad a todos los cristianos; lo que Jesús exigió de un modo particular a sus discípulos, los evangelistas lo proponen como una exigencia siempre actual para todos. La distinción de Orígenes, a la que hemos aludido con anterioridad, no tiene fundamento evangélico, como tantas otras, pues no hay cristianos de dos clases.


Y si entre los creyentes se han hecho siempre dos grupos -unos considerados más perfectos y otros menos-, también entre los religiosos, ya de suyo “perfectos”, se ha establecido una distinción entre los contemplativos (dedicados a la oración) y los activos (menos dedicados a la oración que a la acción). En este caso, la perfección de los primeros excede a la de los segundos. Nada más disparatado.


En la base de esta última afirmación está la interpretación tradicional del texto del evangelio que se lee hoy en la liturgia. En él aparecen dos personajes femeninos, Marta y María (llama la atención que no entren en escena los discípulos). A diferencia de los samaritanos, que no habían recibido a Jesús, Marta (palabra aramea que significa “Señora”) lo recibe en su casa.

Al comentar este texto, los predicadores decían que Marta representa a todos aquellos cristianos seglares que viven en el mundo, en medio de las preocupaciones de la vida; María, sin embargo, es el prototipo de los religiosos dedicados a la vida contemplativa. María, sin duda, -se decía- había escogido la parte mejor, alejándose del mundo para dedicarse a Dios. La peor parte corresponde a todos los que tienen que andar distraídos, como Marta, con tanto trajín mundano.


Según esta interpretación, el evangelio sólo puede ser vivido en perfección dentro de los muros de un convento o como miembro de una orden religiosa; quienes no estén en esa situación, la inmensa mayoría, son condenados a ser cristianos de a pie, segundones, clase de tropa, que se decía antes.


Pero, en realidad, no es así. Lo que en este evangelio se contrapone no es la acción y la contemplación, sino más bien dos modos de ser:


-Uno, el de Marta, distraída con un activismo a ultranza, que le impide oír la palabra del Maestro, empeñada en que su hermana deje también de escucharlo, (-“Señor, le dice, ¿no se te da nada de que mi hermana me deje sola con el servicio? Dile que me eche una mano”).


-Otro, el de María, que se ha hecho discípula de Jesús («se sentó a los pies de Jesús para escuchar sus palabras»), -“sentarse a los pies del maestro” es la actitud del discípulo- para así poder hacer realidad “la única cosa necesaria”, que no es otra sino buscar el reino de Dios y su justicia allí donde se esté para hacer un mundo más fraterno”. Quien elige este objetivo, según Jesús, ha escogido «la parte mejor”. Lo demás, si se es religioso, contemplativo o activo, fraile o seglar, poco importa.


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