De sorpresa en sorpresa

Actualizado: 26 ene

La Epifanía del Señor


Primera lectura: Isaías 60,1-6 Salmo responsorial: Salmo 71 Segunda lectura: Efesios 3,2-3a. 5-6

EVANGELIO Mateo 2, 1-12


DE SORPRESA EN SORPRESA

6 de Enero de 2022

La estrella en la Gruta del nacimiento. Basílica de Belén.


Nota: Si prefieres oír el texto del comentario que sigue, haz click aquí.


2 1Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey He­rodes. En esto, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén 2preguntando:

-¿Dónde está ese rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a rendirle homenaje.

3Al enterarse el rey Herodes se sobresaltó, y con él Je­rusalén entera; 4convoco a todos los sumos sacerdotes y letrados del pueblo, y les pidió información sobre dónde tenía que nacer el Mesías.

5Ellos le contestaron:

-En Belén de Judea, así lo escribió el profeta:

6Y tú, Belén, tierra de Judá,

no eres ni mucho menos la última

de las ciudades de Judá:

pues de ti saldrá un jefe

que será pastor de mi pueblo, Israel (Miqueas 5,1).

7Entonces Herodes llamó en secreto a los magos, para que le precisaran cuándo había aparecido la estrella; 8luego los mandó a Belén encargándoles:

-Averiguad exactamente qué hay de ese niño y, cuando lo encontréis, avisadme para ir yo también a ren­dirle homenaje.

9Con este encargo del rey, se pusieron en camino; de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta pararse encima de donde estaba el niño.

10Ver la estrella les dio muchísima alegría.

11Al entrar en la casa, vieron al niño con María, su ma­dre, y cayendo de rodillas le rindieron homenaje; luego abrieron sus cofres y como regalos le ofrecieron oro, in­cienso y mirra.

12Avisados en sueños de que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.



Casi todo lo que sucede en los Evangelios de la infancia según Mateo (capítulos 1 y 2) es sorprendente.


Se abren con una genealogía en la que se presenta a Jesús como “Mesías, hijo de David, hijo de Abrahán”, insertándolo de este modo dentro de la historia del pueblo hebreo, un pueblo con luces y sombras, tal vez con más sombras que luces.


Sorprende que esta genealogía empiece por Abrahán, un idólatra convertido, y pase por todos los grupos sociales: patriarcas, esclavos en Egipto, un pastor llegado a Rey (David), un rey titulado de “sabio” (Salomón), miembros del pueblo deportados a Babilonia, etc., para concluir con José, un carpintero sin especial relieve, y con María, una desconocida sin abolengo ni pedigrí de la que nace el Mesías, un Mesías que, por cierto, no sería como el mesías esperado por teólogos y letrados, los entendidos de la Biblia de entonces, y que acabaría en un patíbulo, vilmente ajusticiado, como subversivo del poder establecido, tanto religioso como político.


Sorprende que entre las mujeres citadas, aparte de María, aparezcan en esta genealogía cuatro más, no demasiadas entre tantos varones: una prostituta, Tamar (Gn 38,2-26); una extranjera, Rut; otra extranjera, además de prostituta, Rahab, y una adúltera, Betsabé la de Urías (2Sam 11,4). Ni racismo ni pureza de sangre en la genealogía de Jesús: todos caben en ella.


Para el evangelista Mateo, con Abrahán empieza su andadura el pueblo de Israel, pero con Jesús se romperán las fronteras, pues a la sombra de Israel vendrán a anidar todos los pueblos de la tierra, la humanidad entera, poniendo fin de este modo al exclusivismo de Israel, a esa nefasta conciencia de ser “el pueblo elegido de Dios”, lo que hacía suponer que el resto de pueblos serían castigados por Dios, como anunció el profeta Isaías, “enviado para dar una buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor, el día del desquite de nuestro Dios... (Is 61,1-2). Esta última frase, que fue suprimida por Jesús en su discurso en la sinagoga de Nazaret, provocó, por cierto, un gran escándalo entre sus paisanos, llenándolos de furia, hasta el punto de que “lo empujaron fuera de la ciudad y lo condujeron hasta un barranco del monte sobre el que estaba edificada su ciudad, para despeñarlo”. Aunque sin éxito por el momento, pues dice el evangelista que “Jesús se abrió paso entre ellos y emprendió el camino” (Lc 4, 16-30).


Pero sigamos. El antepenúltimo nombre de la lista genealógica es el de José. Sorprende, por cierto, que lleve –no casualmente– el nombre del antiguo patriarca, con lo que Mateo tal vez esté apuntando al patriarca José, el del libro del Génesis, vendido por sus hermanos a unos mercaderes, y que llegaría más tarde a ser visir de la corte del faraón, salvando a su padre y a sus hermanos de una terrible hambruna que ponía en peligro su vida en tierras de Canaán. José, el padre de Jesús, al igual que el antiguo Patriarca, conduciría a María y Jesús a Egipto, huyendo de la cólera de Herodes y salvando de este modo la vida del niño, y devolviéndolo, más tarde, a Israel, sano y salvo. Todo sorpresas, nada más abrirse el evangelio.


Pero siguen las sorpresas: María, desposada con José, y antes de vivir juntos “resultó que esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo”. Esto que se ha entendido como algo puramente biológico –un nacimiento de una madre virgen, “el más difícil todavía”-, aloja una profunda verdad: Jesús nace por entero de Dios, sin intervención humana. Hasta ese momento notables personajes del AT habían nacido por la intervención de Dios de madres ancianas, como Sara, la mujer de Abrahán, o Isabel la madre de Juan Bautista, o de madres estériles como la madre de Sansón. Lo de María se presenta como un caso único en la historia bíblica, como la máxima y definitiva intervención de Dios. Si al principio de la creación, el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas (Gn 1,2) actuando sobre el mundo material, ahora hace culminar en Jesús la creación del hombre: “El Espíritu Santo bajará sobre ella y la fuerza del Altísimo la cubrirá con su sombra; por eso al que va a nacer lo llamarán 'Consagrado', Hijo de Dios”. Esta creación no es solo evolución o desarrollo del pasado; por ser nueva creación se realiza mediante una intervención de Dios mismo.


Y otra sorpresa: José, para el evangelista Mateo, no es el padre natural de Jesús, sino solamente su padre legal, pues su único Padre será Dios, según la respuesta de Jesús a sus padres cuando lo encuentran en el templo con los maestros: “Al verlo se quedaron extrañados, y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? ¡Mira con qué angustia te buscábamos tu padre y yo! El les contestó: ¿Por que me buscabais? ¿No sabéis que yo tenía que estar en lo que es de mi Padre?”.


Y continúan las sorpresas: José, al enterarse de que María estaba en cinta, en lugar de cumplir la Ley que lo obligaba a repudiarla como culpable de adulterio, debiendo ser ella lapidada junto con el supuesto adúltero (Lv 20, 10-21, Dt 22, 22-24), decide “repudiarla en secreto y no exponerla a la vergüenza pública”, poniendo de este modo por encima del mandamiento de lapidación del Levítico, el del amor al prójimo como a sí mismo (Éx 20,12-16; Dt 5,16-20; Lv 19,18). Jesús ampliaría este amor hasta recomendar a amar a los enemigos.


Finalmente, el ángel se aparece a José, disipa sus dudas, le anuncia el nacimiento del niño y le encarga, como a padre legal, imponer el nombre al niño. Y una nueva sorpresa: el niño se llamará Jesús (Yahvé salva), idéntico nombre al de Josué, caudillo del pueblo hebreo después de Moisés, que condujo al pueblo a la tierra prometida. Pero este Jesús no va a salvar al pueblo del yugo de sus enemigos o del poder extranjero –Israel era un país ocupado por los romanos-, sino de los pecados, es decir, de un pasado de injusticia. Salvar significa “hacer pasar de un estado de mal y de peligro a otro de bien y de seguridad; el mal y el peligro del pueblo están sobre todo en “sus pecados”, esto es, en la injusticia de la sociedad a la que todos contribuyen.


Y de nuevo la sorpresa: el niño se llamará Enmanuel: “Dios con/entre nosotros”. Toda una novedad. El que nace sin padre humano, sin modelo humano al que ajustarse, es el que puede ser y, de hecho, va a ser la presencia de Dios en la tierra, y por eso será el salvador.


Pero el relato de Mateo continúa: “Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del Rey Herodes. En esto, unos magos de Oriente...


Más sorpresas: Los magos no eran reyes, ni funcionarios de ningún gobier­no; se dedicaban a estudiar las estrellas del firmamento, donde los humanos acostumbraban a leer la historia por adelantado. Según la tradición, cada vez que nacía un personaje de especial relieve en el mundo, aparecía su estrella en el firmamento. No podía ser menos en el caso de Jesús, gracias a cuya estrella descubren la noticia del nacimiento de un rey, el rey de los judíos, poniéndose en camino y actuando en consecuencia; su ciencia, la verdad que habían descubierto, les sirvió para su vida, yéndose a rendir homenaje y a ponerse al servicio de aquel “rey”, recién nacido.


Sorprende, además, que estos personajes, que practicaban la magia, prohibida en Israel, fuesen los primeros que se acercaron al niño. Eran magos, además de extranjeros, no pertenecientes, por tanto, al pueblo de Dios, con lo que Mateo está diciendo que todo ser humano, sea cual sea su origen, el color de su piel, la lengua en la que se exprese o el lado de la frontera en el que haya nacido, está llamado a incorporarse al proyecto de convertir este mundo en un mundo de herma­nos, porque Dios se ofrece para ser el Padre de todos los que como tal lo acepten. Dios no hace diferencias entre los hombres ni por la raza, ni por la nación, ni por la cultura, ni por la religión...


Pero siguen las sorpresas. Herodes, conocido por su habilidad política, su crueldad y su despotismo, un rey abierto a la cultura griega, que no era judío de raza, sino de padre idumeo -no pudiendo ser considerado rey legítimo de Israel- se preocupa de un débil recién nacido, al que los magos consideran “rey de los judíos”. Increíble desde el punto de vista histórico que un recién nacido pudiera quitarle el sueño en modo alguno. Sin embargo, dice el evangelista que “al enterarse el rey Herodes se sobresaltó, y con él Jerusalén entera; convocó a los sumos sacerdotes y letrados del pueblos y les pidió información sobre dónde tenía que nacer el Mesías”. Sorprende que los judíos no se percaten del nacimiento del nuevo rey, pero sí unos paganos, los magos, y que sean precisamente estos los que anuncian su nacimiento al pueblo de Dios. El mundo al revés: los letrados, los expertos en Ley, los teólogos y los juristas, o lo que es igual, los intelectuales de la época saben dónde nacerá el Mesías, pero no se interesan por ello. Los poderosos, representados por Herodes, fingen tener el propósito de prestar homenaje al nuevo rey, cuando en realidad se proponen matarlo. Mentira e hipocresía que ocultan sus deseos de muerte.


La estrella, sobre la que tanto se ha cavilado como si de un fenómeno astronómico se tratase, alude al libro de los Números (24,17) donde se anuncia que “surgirá un astro de Jacob y se levantará un hombre de Israel”. Esta estrella es figura de la persona misma del rey nacido que guía a los magos al lugar donde este se encuentra. Sorprende, además, la aparición y desaparición de la estrella en el viaje hacia Belén: en Jerusalén, corazón del sistema judío, donde ni el pueblo ni los dirigentes esperan al Mesías, no es visible, o mejor, no puede verse, porque no sería reconocida ni aceptada, pero vuelve a aparecer a los magos cuando se alejan de la capital.


Y de nuevo sorpresa: los magos, al fin, encuentran “en la casa” al niño con su madre, en ausencia de su padre. En Israel, el rey y su madre constituían la pareja real (cf. 1Re 2,19; 15,2; 2 Re 10,13, etc.). Una escena desprovista de boato y grandeza para el que iba a ser “el Salvador del pueblo”, ni más ni menos que el Enmanuel, palabra hebrea que significa “Dios con nosotros”.


Y así continúa el relato evangélico de sorpresa en sorpresa, narrando la huida a Egipto de José con María y el niño, la matanza de los inocentes y la vuelta de Egipto, a la muerte de Herodes.


Concluyo este comentario, cuyas ideas rectoras las he tomado del comentario de Juan Mateos, quien fue durante años, mi maestro, y del que fui su más estrecho colaborador (El evangelio de Mateo, lectura comentada, Ediciones Cristiandad, Madrid 1981)- con estas palabras que resumen magníficamente los evangelios de la infancia según Mateo:


“Los personajes que aparecen en el capitulo 2 del Evangelio de Mateo son figuras representativas. Los magos (2,1ss) representan a la humanidad inquieta y deseosa de salvación, a hombres y mujeres capaces de reconocer la intervención de Dios en la historia y dispuestos a todo para encontrarse con ella. Herodes (2,3) y Arquelao( 2,2) son figuras del poder político, celoso de su hegemonía y temeroso de que alguien se la arrebate; además, mentiroso e hipócrita (2,7s) y asesino (2,13-16). El pueblo aparece sometido e identificado con el tirano (2,3). Los jerarcas e intelectuales judíos (2,4) son los que saben; conocen las promesas, pero no participan de la expectación. Instalados en su posición de privilegio, no desean ni esperan el cambio. Los hechos no suscitan su interés. Contrastan con José (1,20-25) figura del resto de Israel, fiel a Dios. Mateo contrapone el rey Herodes al rey de los judíos que ha nacido (2,2), el poder y la tiranía del primero a la debilidad del segundo (un niño). “El rey de los judíos” será el título en la cruz de Jesús (27,37), expresión máxima de debilidad.”


Un apunte final: aquel Belén del evangelio poco o casi nada tiene que ver con nuestros folclóricos y pintorescos belenes que ni inquietan, ni molestan, ni invitan a la reflexión, pues presentan una navidad descafeinada en la que no se manifiesta el sorprendente comportamiento de un Dios que se fija y se alía con los que no cuentan en este mundo.

Y nosotros, ¿en quién nos fijamos? ¿Qué hemos hecho de la Navidad?

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