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Dios ya no está en el cielo

Actualizado: 9 ene


Bautismo del Señor


Primera lectura: Isaías 42, 1-4. 6-7.

Salmo 28.

Segunda lectura: Hechos de los Apóstoles 10, 34-38


EVANGELIO

Mateo 3, 13-17


Nota: Si prefieres oír el texto del comentario que sigue, haz click aquí.


Dios ya no está en el cielo

8 de enero de 2023

Texto del Bautismo de Jesús en Latín, Griego y Hebreo. Betania (Jordania).


Entonces llegó Jesús desde Galilea al Jordán y se pre­sentó a Juan para que lo bautizara. Juan intentaba disua­dirlo diciéndole: -Soy yo quien necesita que tú me bautices, y ¿tú acudes a mi?


Jesús le contestó: -Déjame ya, que así es como nos toca a nosotros cumplir todo lo que Dios quiera. Entonces Juan lo dejó.


Jesús, una vez bautizado, salió en seguida del agua. De pronto quedó abierto el cielo y vio al Espíritu de Dios bajar como paloma y posarse sobre él, y una voz del cielo dijo: -Este es mi Hijo, el amado, en quien he puesto mi favor.


Jesús se desplazó al río Jordán para ser bautizado por Juan, el último de los profetas. Pero, curiosamente, Juan se opone a bautizarlo, pensando más bien que debe ser Jesús quien lo bautice a él. Jesús, no obstante, insiste en ser bautizado por Juan.


El bautismo del pueblo y el bautismo de Jesús

Hemos de observar, no obstante, que entre el bautismo del pueblo que acude a bautizarse y el de Jesús hay una gran diferencia: el primero simboliza la muerte a un pasado de pecado y de injusticia; el segundo, el bautismo de Jesús, que no conoce el pecado, es un compromiso de muerte en el futuro, un compromiso de entrega por el bien de los seres humanos que incluye la disposición a dar la vida por estos (cf. Mc 1,38s). Sumergiéndose en el agua, o lo que es igual, dejándose bautizar por Juan, Jesus se compromete a procurar de por vida hacer el bien a todos, hasta la muerte. En el libro de los Hechos de los Apóstoles (10,38-40) toda su vida se condensa en este texto: Vosotros conocéis muy bien el hecho acaecido en todo el país judío, empezando por Galilea, después de que Juan predicó el bautismo, el hecho de Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los sojuzgados por el diablo, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo, tanto en el país judío como en Jerusalén. Lo mataron, colgándolo de un madero. A éste Dios lo resucitó al tercer día...


La teofanía o manifestación de Dios

Pues bien, tras el bautismo de Jesús, el evangelista refiere algo sorprendente que voy a comentar a continuación. Dice Mateo que “una vez bautizado, salió en seguida del agua. De pronto quedó abierto el cielo y vio al Espíritu de Dios bajar como paloma y posarse sobre él, y una voz del cielo dijo: -Este es mi Hijo, el amado, en quien he puesto mi favor.


Lo que aquí se refiere es una “teofanía” o manifestación de Dios. Es evidente que lo que se cuenta no es un hecho histórico, algo realmente acaecido que un historiador pueda probar con argumentos fehacientes. No. Se trata más bien de un texto, cargado de símbolos, que establece, desde el principio del evangelio, quién es ese Jesús que va a comenzar a anunciar la buena noticia del evangelio por las aldeas de Galilea, hasta Jerusalén. Veámoslo paso a paso.


̶̶ De pronto quedó abierto el cielo.

El evangelista Marcos no dice como Mateo que “el cielo quedó abierto” sino que “vio rasgarse el cielo” (Mc 1,10) y lo que se rasga queda definitivamente roto. Desde el momento en que Jesús sale del agua, el cielo, esto es, aquello que era inaccesible, la morada divina, la barrera que impedía la comunicación entre Dios y los hombres, quedó eliminada para siempre.


̶ El Espíritu de Dios... y Jesús

Después de abrirse o rasgarse el cielo, Juan Bautista “vio descender al Espíritu de Dios como paloma hasta posarse sobre Jesús”. Esta frase remite al primer capítulo del libro del Génesis en el que se dice que la tierra era un caos informe; sobre la faz del abismo, la tiniebla. Y el aliento / el Espíritu de Dios se cernía / aleteaba sobre la faz de las aguas, infundiendo orden y vida en aquel caos primordial que culmina el día sexto de la semana con la creación del primer varón, Adán.


Al igual que en el libro del Génesis, ahora el evangelista Mateo presenta al Espíritu de Dios, -Dios mismo-, descendiendo hasta Jesús, convertido en su morada. A partir de este momento, el Espíritu divino deja de estar ya en el cielo y se posa en Jesús, de modo que, para comunicarse con Dios, ya no habrá que subir al cielo, tarea imposible, sino que bastará solo con mirar a Jesús en quien Dios habita.


Aquel Espíritu de Dios creador del libro del Génesis es ahora el mismo que desciende como paloma que vuelve a su nido hasta Jesús, el nido de Dios, convertido en el nuevo Adán, el modelo de hombre, la nueva creación en la que la humanidad alcanza su culmen.


̶ Este es mi Hijo, el amado.

La voz del cielo o, lo que es igual, de Dios, identifica a Jesús con su “hijo amado”. Esta frase la toma el evangelista del libro del Génesis (22,2) donde Dios se dirige a Abrahán con estas palabras: “Toma a tu hijo único, a tu amado Isaac, vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio en uno de los montes que yo te indicaré”. En este pasaje del libro del Génesis, Dios ordena a Abrahán sacrificar a su “hijo único, el amado”. En el bautismo, Jesús se compromete a ofrecer en sacrificio su propia vida para dar vida. Pero Dios no permitirá que Jesús, su hijo, se quede en la muerte, sino que lo resucitará, como no permitió que Abrahán llegase a sacrificar a su hijo, sustituyéndolo en última instancia por un carnero enredado por los cuernos en los matorrales (Gn 22,13).


En esta escena del evangelio de Mateo puede verse cómo la relación con Dios deja ya de ser lejana y fría, para convertirse en cercana y afectiva hasta el punto de que Jesús, el hijo de Dios, se atreverá a llamar a Dios abbá “papá” (Mc 14,36) e invitará a sus discípulos a dirigirse a Dios Padre en calidad de hijos (Mt 6,9).


La nueva morada de Dios.

Por tanto, desde que Jesús salió del agua, este Espíritu -que es Dios mismo- no está ya en el cielo, ni en templos fabricados por manos de hombre (Hch 17,24), sino en Jesús..., y no solo en Jesús, sino también

- en quienes, como Jesús, estén dispuestos a sacrificarlo todo, incluso la vida, por remediar el sufrimiento humano como hizo Jesús de por vida.


- en quienes anuncien hoy, como Jesús ayer, que ha llegado el momento de “dar la buena noticia a los pobres, de proclamar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año favorable del Señor” y dejar de anunciar a un Dios vengativo y punitivo (Is 61,1-2), o lo que es igual, en todos aquellos que se dediquen a incluir en la sociedad a los que, de uno u otro modo, han quedado excluidos de ella, poniendo así de manifiesto que el Dios de Jesús no es partidario ya de la venganza ni del castigo, sino del perdón y la inclusión,


-en quienes practiquen indiscriminadamente la misericordia en nuestro mundo, “dando de comer al hambriento, de beber al sediento, acogiendo al forastero, vistiendo al desnudo, visitando al enfermo y yendo a ver al encarcelado (M 25,35-36),


-en quienes, como dice Juan José Tamayo en su libro La compasión en un mundo injusto (Fragmenta Editorial 2021), luchen por acabar con las brechas que manifiestan la tremenda desigualdad que rige entre los humanos, entre las que el autor cita las siguientes:

· la económico-social entre ricos y pobres,

· la patriarcal entre hombres y mujeres,

· la colonial entre las superpotencias,

· la ecológica provocada por este modelo de desarrollo económico depredador,

· la racista entre personas nativas y extranjeras,

· la afectivo-sexual entre heterosexualidad y LGTBI,

· la intelectual entre los conocimientos calificados de científicos y los saberes de los pueblos originarios,

· la religiosa entre creyentes y no creyentes,

· la digital entre quienes tienen acceso a internet y quienes no,

· la adulto-céntrica que minusvalora niños y niñas, adolescentes y jóvenes,

· la que margina a las personas “diversas funcionales” por causa del falso paradigma de la “normalidad”,


-y, finalmente, Dios habita en todos aquellos –creyentes o no- que sepan conjugar en sus vidas las cuatro letras de la palabra “amor”, sin fronteras ni barreras, como Dios, que es puro amor (1Jn 4,8.16), poniendo en práctica la recomendación de Jesús en la Última Cena: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13,34), esto es, con el amor de quien, como Jesús, se comprometió en el bautismo a dar la vida por todos.


La voz del cielo que proclama “Este es mi hijo, el amado en quien he puesto mi favor” no designa solo a Jesús, como hemos dicho, sino a todos los que, como Jesús, son también hijos de Dios y se empeñan en crear un mundo de iguales y hermanos donde el amor sea el principio y fin de todo comportamiento.


Ahí es donde está Dios y no en el inaccesible cielo.

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