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Dos reyes... frente a frente

Actualizado: 6 ene


Fiesta de la Epifanía del Señor


Primera lectura: Isaías 60,1-6.

Salmo 71.

Segunda lectura: Carta a los Efesios 3,2-3a.5-6

EVANGELIO

Mateo 2,1-12


Nota: Si prefieres oír el texto del comentario que sigue, haz click aquí.


Dos reyes... frente a frente

6 de enero de 2023

Fortaleza de Massada, junto al Mar Muerto, reutilizada por Herodes el Grande.


Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey He­rodes. En esto, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: -¿Dónde está ese rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a rendirle homenaje.


Al enterarse el rey Herodes se sobresaltó, y con él Je­rusalén entera; convocó a todos los sumos sacerdotes y letrados del pueblo, y les pidió información sobre dónde tenía que nacer el Mesías.

Ellos le contestaron:

-En Belén de Judea, así lo escribió el profeta:

Y tú, Belén, tierra de Judá,

no eres ni mucho menos la última

de las ciudades de Judá:

pues de ti saldrá un jefe

que será pastor de mi pueblo, Israel (Miq 5,1).


Entonces Herodes llamó en secreto a los magos, para que le precisaran cuándo había aparecido la estrella; luego los mandó a Belén encargándoles: -Averiguad exactamente qué hay de ese niño y, cuando lo encontréis, avisadme para ir yo también a ren­dirle homenaje.


Con este encargo del rey, se pusieron en camino; de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta pararse encima de donde estaba el niño. Ver la estrella les dio muchísima alegría.


Al entrar en la casa, vieron al niño con María, su ma­dre, y cayendo de rodillas le rindieron homenaje; luego abrieron sus cofres y como regalos le ofrecieron oro, in­cienso y mirra.


Avisados en sueños de que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.


Unos magos, venidos de Oriente.

Celebramos hoy el popularmente mal llamado “Día de los Reyes Magos”. El relato de los magos de Oriente, que llegan a Jerusalén preguntado dónde había nacido el rey de los judíos, carece de fundamentación histórica como puede leerse en esta misma web en un comentario publicado el año pasado, titulado “Los magos de Oriente y la estrella”: (https://www.ibicla.org/post/los-magos-de-oriente-y-la-estrella


En realidad, el evangelio no los llama “reyes”, sino que habla de “unos magos de Oriente”. De los magos hemos sabido (¿inventado?) más con el tiempo, como puede leerse en el comentario citado. El título de reyes se les dio en siglo III; el evangelio no dice cuántos fueron (cifra que varía a lo largo del tiempo de tres a doce), ni habla del color de su piel, ni menciona sus nombres. ​

Al explicarse el fragmento del evangelio, que se lee hoy en las Iglesias, el comentario suele centrarse en los magos, que procedían de Oriente para visitar al niño en su casa, con el consiguiente escándalo –podríamos decir- que produciría en la mentalidad judía la acogida por parte de la familia de Jesús, que era judío, de unos magos, profesión mal vista en la Biblia, provenientes de Oriente y, por tanto, paganos, seres despreciables para un buen judío.


Dos reyes frente a frente

Sin embargo yo quiero centrarme hoy en otro punto. Porque creo que en este texto se enfrentan dos modos de ser rey, encarnados en dos personajes: el rey Herodes y el Niño-rey de los judíos, como denominan los magos: ¿Dónde está ese rey de los judíos que ha nacido? (Mt 2,2).


1. El rey Herodes el Grande

De Herodes y de lo que podríamos llamar “la saga de los Herodes o dinastía herodiana” tenemos una amplísima información gracias al historiador judío Flavio Josefo en su obra Antigüedades Judías. A Herodes se le califica de “grande” por las excelentes construcciones que levantó por todo el país. Entre otras, y tal vez la más importante, a él se debe la construcción del Templo de Jerusalén que Flavio Josefo, historiador judío, cuenta con infinidad de detalles. Al no ser de estirpe judía, -pues era natural de Edom, región situada al otro lado del Jordán-, Herodes procuró ganarse el prestigio de los judíos, ampliando y embelleciendo el antiguo Templo, lo que, al mismo tiempo, le sirvió para dignificar y engrandecer su reinado. Este templo construido en gran parte durante su reinado fue el que Jesús conoció y cuya ruina anunció. Su construcción duró 9 años y medio, a partir del 19 a.C., aunque la obra no culminó hasta el año 62 d.C.


Una minuciosa descripción de su construcción, para la que, según Flavio Josefo, trabajaron, como mano de obra, 10.000 sacerdotes, la encontramos en el comentario citado antes, al que me remito ahora por razones de espacio. En síntesis podemos decir que aquel templo fue “una de las maravillas del mundo” de entonces. Desafortunadamente, de este sólo queda el muro exterior, hoy llamado Muro de las lamentaciones, muro de contención de una inmensa mole de tierra que debió utilizarse para allanar lo que era, en realidad, un montículo –el Monte Moria o Monte Sión-, convirtiéndolo en una gran explanada sobre la que se alzó el templo, con sus tres atrios o patios: El Atrio de los Sacerdotes con el templo propiamente dicho y el altar de los holocaustos, el Atrio de Israel y el Atrio de las Mujeres. Todo el espacio entre el atrio interior y el muro exterior de aquella gran plataforma se llamaba el Atrio de los Gentiles, porque se permitía entrar en él a los no-judíos.


-La crueldad de Herodes

Por Flavio Josefo sabemos que Herodes fue también grande en crueldad, pues mandó matar a su yerno, ahogado; asesinó a sus hijos, Aristóbulo y Alejandro; estranguló a su mujer, Mariamme y, cinco días antes de morir, mandó que asesinaran a su hijo mayor, Antípatro, dando también orden de hacer perecer, después de su muerte, a todos los “notables” de Jericó, para que hubiera lágrimas en sus funerales. Herodes era consciente de que el pueblo judío no lo estimaba tanto como para llorarlo ese día.


Lo que el evangelio cuenta de él cuadra con sus ansias de poder y con su crueldad sin límites y se refleja en la leyenda de los magos que leemos hoy.


De hecho, cuando Herodes se enteró por los magos que había nacido el “rey de los judíos”, dice el evangelista que se sobresaltó, y con él Je­rusalén entera y convocó a todos los sumos sacerdotes y letrados del pueblo, y les pidió información sobre dónde tenía que nacer el Mesías, su futuro competidor, el otro rey, todavía niño, Jesús, el hijo de José y María. Más tarde, haciendo honor a su consabida crueldad, Herodes “viéndose burlado por los magos, montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo en Belén y sus alrededores, calculando la edad por lo que había averiguado de los magos” (Mt 2,16), para acabar de este modo con la vida del niño. Pero la orden fue burlada gracias a los magos, que volvieron por otro camino, y al ángel del señor que se apareció en sueños a José y le dijo: -Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta nuevo aviso, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. Los sueños en la antigüedad eran portadores de revelaciones divinas.

-Herodes, encarnación del faraón de Egipto

Antes de Herodes, el Faraón de Egipto mandó matar también a los hebreos recién nacidos, como refiere el libro del Éxodo en estos términos: “Ordenó a las parteras hebreas (una se llamaba Séfora y otra Fuá): Cuando asistáis a las hebreas y les llegue el momento, si es niño lo matáis, si es niña la dejáis con vida. Pero las parteras respetaban a Dios, y en vez de hacer lo que les mandaba el rey de Egipto dejaban con vida a los recién nacidos. El rey de Egipto llamó a las parteras y las interrogó: ¿Por qué obráis así y dejáis con vida a las criaturas? Ellas contestaron al Faraón: -Es que las mujeres hebreas no son como las egipcias: son robustas y dan a luz antes de que lleguen las parteras. Dios premió a las parteras: el pueblo crecía y se hacía muy fuerte, y a ellas, como respetaban a Dios, también les dio familia.” (Ex 1,15-22). Gracias a las parteras se libraron los hebreos recién nacidos de la muerte, como más tarde se librarían también los primogénitos de los hebreos, al ordenar Moisés marcar con la sangre del cordero las puertas de sus casas, de modo que el (ángel) exterminador pasase de largo y acabase solo con la vida de los primogénitos de los egipcios (Éx 12,21-28).

Por los contactos temáticos que hay entre estos relatos y el evangelio, podemos ver que Mateo presenta a Herodes como una encarnación del antiguo Faraón. Ambos mandan matar a los recién nacidos, sin conseguirlo.


Por otra parte, en el evangelio de Mateo, no creo que sea casualidad que José, desposado con María, lleve el nombre de José, el hijo del patriarca Jacob, que llegó a ser visir del faraón de Egipto y que salvó a toda su familia de la hambruna que había en su tierra haciéndoles bajar a Egipto donde remediaron su necesidad (Gn 44,1-44). Ahora, es José, el padre de Jesús, quien salva la vida del niño y de su madre, llevándolos a Egipto, gracias a la intervención del ángel en sueños. Egipto y no Israel es ahora lugar de salvación.


La historia del faraón, como la de Herodes, es paradigma o ejemplo de un modo de ejercer la realeza que no busca la liberación del pueblo y que, con su deseo de poder y dominación, acaba con la vida de las personas. La crueldad y la astucia son dos características del rey Herodes. Crueldad que provoca muertes inocentes al mandar matar a los niños para acabar de este modo con aquel niño, que, según los magos, era-sería “el rey de los judíos”, y astucia, hasta el punto de fingir querer adorar al niño cuando, en realidad, buscaba su muerte.


Los nuevos Herodes

No es difícil encontrar hoy quienes en nuestro mundo encarnan a Herodes o al Faraón, fomentando la guerra y practicando desde el poder económico y militar la crueldad sin medida, pretendiendo para ello incluso revestirse de razones aparentemente buenas y justas. Está claro que, en nuestro mundo, sobran Herodes, aquellos gobernantes que, insensibles ante la crueldad, promueven la guerra, llevando a los países a la destrucción y a la muerte, como el Papa ha denunciado recientemente en el mensaje de Navidad, al hablar “de las pasiones negativas que impidieron que el rey Herodes y su corte reconocieran y acogieran el nacimiento de Jesús, es decir, el apego al poder y al dinero, la soberbia, la hipocresía, la mentira... Crudos vientos de guerra continúan soplando sobre la humanidad...”. Francisco, movido a compasión, continúa diciendo “que nuestra mirada se llene de los rostros de los hermanos y hermanas ucranianos, que viven esta Navidad en la oscuridad, a la intemperie o lejos de sus hogares, a causa de la destrucción ocasionada por diez meses de guerra. Que el Señor nos disponga a realizar gestos concretos de solidaridad para ayudar a quienes están sufriendo, e ilumine las mentes de quienes tienen el poder de acallar las armas y poner fin inmediatamente a esta guerra insensata. Lamentablemente, se prefiere escuchar otras razones, dictadas por las lógicas del mundo. Pero la voz del Niño, ¿quién la escucha?”.


A continuación Francisco, en su alocución de Navidad, no se detiene en la cruel guerra de Ucrania, sino que enumera las otras guerras o conflictos militares igualmente crueles en los que están envueltos otros países, gobernados por otros tantos líderes que encarnan a Herodes o al Faraón de Egipto: Siria, Israel y los Palestinos, Tierra Santa, el Líbano, la región del Sahel, Yemen, Myanmar e Irán, y otros países con graves tensiones políticas y sociales: en el continente americano, en el pueblo haitiano, en las personas que sufren hambre y en los efectos de las guerras que dejan poblaciones enteras con riesgo de carestía, especialmente en Afganistán y en los países del Cuerno de África.


Tal vez, debido a la diplomacia vaticana, el Papa no identifica a los culpables de tanta crueldad, ni siquiera nombra a Putin y a quienes se están lucrando con las armas, sean de donde sean, pero las guerras o conflictos militares, a mi juicio, están provocados por los nuevos Herodes que detentan el poder, sembrando heridas de dolor, de sangre, de refugiados internos y externos, y de muerte por doquier.


2. El rey de los judíos

Frente al rey Herodes tenemos al otro rey, un niño buscado por los magos como “el rey de los judíos”. De mayor, Jesús será también rey, pero no como Herodes o los reyes y gobernantes de este mundo, sino de un modo poco habitual. Así cuando la madre de Santiago y Juan, pide a Jesús que, cuando reine, sus hijos, Santiago y Juan, se sienten uno a su derecha y otro a su izquierda, Jesús le replicó (refiriéndose a su muerte): “-No sabéis lo que pedís: ¿sois capaces de beber el cáliz que yo voy a beber?. Ellos le contestaron: -Sí, lo somos. El les dijo: -Beberéis mi cáliz, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no está en mi mano concederlo más que a aquellos a los que mi Padre se lo tenga preparado”.


Ser grande es ser servidor

Y el evangelista comenta lo siguiente: “Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Entonces Jesús los reunió y les dijo: -Sabéis que los jefes de las naciones las dominan y que los grandes les imponen su autoridad. No será así entre vosotros; al contrario, el que quiera hacerse grande sea servidor vuestro, y el que quiera ser primero sea siervo vuestro. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por todos” (Mt 20, 20-27).


La realeza mía no pertenece al orden este.

Y más adelante en la pasión, “Pilato... llamó a Jesús y le dijo: -¿Tú eres el rey de los judíos? Contestó Jesús: -¿Dices tú eso como cosa tuya o te lo han dicho otros de mí? Replicó Pilato: -¿Acaso soy yo judío? Tu propia nación y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho? Contestó Jesús: -La realeza mía no pertenece al orden este. Si mi realeza perteneciera al orden este. Las biblias traducen mal este texto y dicen: “Mi reino no es de este mundo, si mi reino fuese de este mundo”... como si Jesús fuese a reinar en otro mundo, cuando en realidad no habla del reino, sino de su realeza, esto es, de su modo de ser rey), ... si mi realeza perteneciera a este orden, mis propios guardias habrían luchado para impedir que me entregaran a las autoridades judías. Ahora que mi realeza no es de aquí. Le preguntó entonces Pilato: -Luego ¿tú eres rey? Contestó Jesús: -Tú lo estás diciendo, yo soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio en favor de la verdad.


Un letrero en tres idiomas.

Jesús afirma ante Pilato que es rey, pero su realeza no es como la de los reyes de este mundo. Y un poco más adelante, dice el evangelista que “Pilato escribió además un letrero y lo fijó en la cruz; estaba escrito: ‘Jesús el nazoreo, el rey de los judíos’. Este letrero lo leyeron muchos judíos, porque estaba cerca de la ciudad el lugar donde fue crucificado Jesús. Y estaba escrito en hebreo, latín y griego”.


Este es el modo de proceder de Jesús, el rey. Su realeza no consiste en dominar, imponer la autoridad, inyectar miedo o represión y crueldad en los ciudadanos de su reino, sino en dar la propia vida para dar vida, no solo a los judíos, sino al mundo entero, de ahí que el letrero estuviese escrito en hebreo (o arameo, la lengua de los hebreos); latín, la del imperio romano, y griego, la lengua común de aquellos tiempos.

Ya de niño se veía venir lo que sería este rey. Este niño-rey no nace en un palacio rodeado de lujos y servidores, sino fuera de la ciudad, tiene por lecho un pesebre y acoge a pastores y magos, personas despreciables a los ojos de un buen israelita.


Como hemos visto, la primera visita que recibe Jesus de niño en el evangelio de Mateo no es ni la del Sumo o sumos sacerdotes, ni la de los saduceos, pertenecientes a la aristocracia terrateniente, encargados del mantenimiento del templo y de culto, ni la de Herodes, sino la de unos magos, unos paganos, dedicados a un arte prohibido en la Biblia: la magia.


El portal, lugar de acogida

Pero ante todo llama la atención que tanto el portal al que llegan los pastores en el evangelio de Lucas o la casa que visitan los magos en el evangelio de Mateo se convierten en un lugar de acogida de aquellos a los que la sociedad margina, como los pastores, o los magos que, por ser paganos, no pertenecen al pueblo de Dios ni gozan de sus privilegios.

Precisamente debido a las guerras, a los conflictos militares o sociales y a los efectos del cambio climático hoy son más necesarios que nunca lugares de acogida para todos los que no tienen donde refugiarse.


Recientemente he leído el suplemento al nº. 227 de Cuadernos de Cristianismo y Justicia, dedicado a la acogida u hospitalidad, que comienza así: “Más de tres millones de personas han tenido que huir de Ucrania a causa de la guerra y la Comisión Europea estima que hasta 6,5 millones de personas se verán obligadas a salir del país además de los desplazados internos, provocando la crisis humanitaria más importante en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, a la que se añade una situación global de inestabilidad creciente. Personas refugiadas, solicitantes de asilo, desplazadas internas, a causa de la guerra, pero también y cada vez más de catástrofes climáticas”. Una hospitalidad que reclaman que se haga “con corazón y con cabeza”; “universal” sin distinguir la procedencia de los que llaman a nuestra puerta; “permanente en el tiempo” y “coordinada” para sanar las heridas que los nuevos Herodes están causando en nuestro mundo.


Tal vez esta sea otra gran lección que debemos aprender de la familia de Jesús. Todas estas personas que llaman a las puertas de Europa necesitan urgentemente un portal o una casa de acogida que ponga remedio a tanto desatino, provocado por los Herodes del mundo actual.

Para continuar la lectura

Una descripción en detalle del templo herodiano puede leerse en “El segundo templo de Salomón: www.delacuadra.net/escorial/tx-2temp.htm

o en esta otra web:

https://ec.aciprensa.com/wiki/Templo_de_Jerusal%C3%A9n


Sobe la Hospitalidad en nuestro mundo puede verse el suplemento citado de Cuadernos de Cristinanismo y Justicia n. 227, titulado “Hospitalidad, sí, hospitalidad, siempre”:

https://www.cristianismeijusticia.net/es/hospitalidad-si-hospitalidad-siempre



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