El centro está en la periferia

Actualizado: 26 ene

Tercer domingo del tiempo ordinario


Primera lectura: Nehemías 8, 2-4 a. 5-6. 8-10

Salmo responsorial: Salmo 18

Segunda lectura: 1 Corintios 12, 12-30

EVANGELIO

Lucas 1, 1-4; 4, 14-21


El centro está en la periferia

23 de enero de 2022

Iglesia ortodoxa de San Gabriel en Nazaret, edificada sobre un manantial de agua.


Nota: Si prefieres oír el texto del comentario que sigue, haz click aquí.


“Dado que muchos han intentado hacer una exposición ordenada de los hechos que se han verificado entre nosotros, según lo que nos transmitieron los que desde un principio fueron testigos oculares y llegaron a ser garantes del mensaje, he resuelto yo también, después de investigarlo todo de nuevo con rigor, ponértelo por escrito de forma conexa, excelentísimo Teófilo, para que compruebes la solidez de las enseñanzas con que has sido instruido…”.


“Con la fuerza del Espíritu regresó Jesús a Galilea, y la noticia se difundió por toda la comarca. Enseñaba en aquellas sinagogas, y todos se hacían lenguas de él.

Llegó a Nazaret, donde se había criado. El sábado entró en la sinagoga, según su costumbre, y se levantó para tener la lectura. Le entregaron el volumen del pro­feta Isaías y, desenrollando el volumen, dio con el pasaje donde estaba escrito:


El Espíritu del Señor descansa sobre mí,

porque él me ha ungido.

Me ha enviado a dar la buena noticia a los pobres,

a proclamar la libertad a los cautivos

y la vista a los ciegos,

a poner en libertad a los oprimidos

a proclamar el año favorable del Señor (Is 61,1-2).


Enrolló el volumen, lo devolvió al sacristán y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él y empezó a hablarles:

-Hoy ha quedado cumplido este pasaje ante vosotros que lo habéis escuchado”.


La escena del evangelio de hoy se sitúa en Nazaret “donde Jesús se había criado”, y había pasado su infancia y juventud. Nazaret era una aldea, nunca mencionada por los historiadores o geógrafos del s. I.


Los libros piadosos nos tienen acostumbrados a pensar que Jesús pasó una infancia y juventud idílicas, jugando con los otros niños de Nazaret, en la armonía de un hogar mantenido por una joven pareja formada por José, tradicionalmente considerado “carpintero” -aunque la palabra griega tektôn indica alguien que trabaja no solo la madera, sino la piedra-, y atendido por María, que se cuidaba de las tareas de la casa y del niño, un niño feliz, rodeado de otros niños a los que aventajaba en inteligencia, aunque siempre obediente y sumiso a la voluntad de sus padres. Pero esto no se puede afirmar por los evangelios, pues de la convivencia de aquella familia durante esos años no sabemos prácticamente nada.


Lo que sabemos por la historia es que Nazaret –la patria de Jesús y, posiblemente, también su lugar de nacimiento- estaba situada en la provincia de Galilea. Por la historia contemporánea conocemos que, en tiempos de Jesús, Galilea se había convertido en un bastión del nacionalismo judío más exaltado contra la dominación romana.

Herodes el Grande, nacido el 74-73 a.C, reinó entre los años 37 a.C. y el 4 a.C. Jesús debió nacer unos años antes de la muerte de Herodes, hacia el 7 a.C. aproximadamente.

Herodes fue un rey vasallo de Roma, que mantuvo al país unido mediante la fuerza, aplicando para ello una violencia que le llevó hasta el punto de matar a Mariamme, una de sus diez mujeres que sepamos, a dos hijos suyos, y ordenar asesinar a todos los nobles de Jericó cuando muriese “para que hubiese llanto en su entierro”. Por no ser judío, sino natural de Edom, no era querido por los judíos. Para congraciarse con ellos emprendió una serie de construcciones impresionantes, entre las que destacan la construcción del templo de Jerusalén y numerosas fortalezas sembradas por todo el territorio, entre otras construcciones, gracias a las que se ganó el sobrenombre de “el Grande”.


A su muerte, hacia el año 4 a.C., surgieron revueltas violentas en todo el país contra la ocupación romana. Una de estas estuvo capitaneada por Judas, el galileo, y tuvo lugar en Séforis, a 8 kms de Nazaret. El tal Judas era el cabecilla de un grupo de bandoleros que asaltó el palacio real de Séforis y se apoderó de las armas y tras equipar con ellas a sus hombres, saqueó las reservas que había, y se proclamó rey de Israel. Gracias al apoyo de sus seguidores, llegó a controlar, aunque por poco tiempo, toda la región de Galilea, incluida Nazaret donde Jesús vivía. Pero no fue esta la única revuelta. Otras dos fueron lideradas por Simón, un ex-esclavo de Herodes, que quemó en Jericó su palacio y también se proclamó rey, y por Atronges, un pastor que llegó a someter la región de Judea junto con sus cuatro hermanos.


Estos líderes, salidos de las capas populares de la población, reavivaron en el pueblo sencillo las esperanzas de llegar a ser gobernados un día por un Rey Mesías, al estilo de David, basado en dos pilares: la formación de un ejército para defenderse de los enemigos y la construcción de un templo que simbolizase la unidad nacional, templo, cuya construcción llevó a cabo su hijo Salomón. Este rey mesías esperado libraría por la fuerza de las armas al pueblo judío de la ocupación romana que lo tenía doblegado.


Una a una, estas rebeliones fueron aplastadas por las fuerzas romanas de ocupación. Publio Quintilio Varo, general romano, instalado en Siria, como legado propretor, “tomó inmediatamente tres legiones y marchó contra los revoltosos. Primero se dirigió a Perea, donde sofocó el movimiento de Simón. Luego aplastó en Judea a los rebeldes de Atronges y crucificó a más de 2.000 sublevados cerca de Jerusalén. Pero el castigo más duro lo aplicó en Galilea, la patria de Jesús. Allí Varo puso sitio a Séforis, apresó y dio muerte a Judas, prendió fuego a la ciudad, destruyó completamente todos sus edificios reduciéndolos a cenizas y, finalmente, a sus habitantes, por haber apoyado a Judas, los hizo vender como esclavos”.


Véase el artículo de Ariel Valdes, “Las rebeliones políticas que conoció Jesus y su mensaje sobre el reino”, en la revista Éxodo del 5 de enero de 2011.


Al mismo tiempo recomiendo la magnífica lección de la profesora Eva Tovalina, titulada “Palestina en tiempos de Jesús” en la que expone de modo claro y brillante la situación política internacional en tiempos de Jesús. Puede verse en Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=A37HqEjTSu4

Jesús debió conocer esto y, tal vez, por ello emprendió un modo de liderazgo distinto, en cuyo programa no entraría nunca la fuerza, ni la violencia, ni la intolerancia y, por supuesto, ni las armas, ni la guerra.


Fue precisamente un día de sábado, en la sinagoga, lugar de reunión de los judíos y de lectura de los profetas, donde Jesús eligió la lectura del fragmento del profeta Isaías arriba citado con el que quería proclamar cuál iba a ser el núcleo de su programa misionero.


En ese texto del evangelio, Jesús se considera ungido por el Espíritu de Dios, ese Dios que bajó hasta él en el bautismo “como una paloma”, esto es, con la querencia de una paloma que baja a su nido. Pues bien, el programa de este Jesús, en quien habita Dios, se define, en primer lugar, como “una buena noticia” dirigida a quienes no cuentan para nada en nuestra sociedad: a los pobres; en segundo lugar, a los cautivos, para proclamar su libertad y a los ciegos para devolverles la vista; en tercer lugar, a los oprimidos para ponerlos en libertad, proclamando de este modo el año favorable del Señor.

Y en esto consiste precisamente su misión, el núcleo de su programa misionero: en centrar toda su atención en la periferia, esto es, en los que no cuentan en la vida, ni son objeto de atención de gobernantes políticos o autoridades, ni tienen un papel relevante en la sociedad, a todos los que viven en las periferias, a la vera del camino, en los márgenes de una sociedad impasible ante tanta pobreza, tanta falta de libertad, tanta ceguera de miras y tanta opresión...


Jesús era consciente de que la sociedad no se cambia por la fuerza, ni por las armas como algunos de sus paisanos entendieron. Tampoco parecía estar demasiado preocupado del culto y del templo, sino de quienes, con razón o sin ella, se encontraban marginados, descartados, excluidos, los verdaderos prójimos “en quienes Dios habita”.


Y para que no nos andemos por las ramas, el informe de Caritas española, recién publicado, nos pone los pies en el suelo, describiendo la dura realidad social de la España de la pandemia. La verdad es que da escalofríos.


Este informe constata lo siguiente:

-La precariedad laboral durante la crisis sanitaria se ha duplicado y alcanza a casi 2 millones de hogares.

-Un tercio de los hogares españoles con todos los miembros en paro (600.000 familias) carece de algún tipo de ingreso periódico que permita una cierta estabilidad.

-La pandemia ha destapado un nuevo factor de exclusión social: la desconexión digital, el nuevo analfabetismo del siglo XXI. 1,800.000 hogares (casi la mitad de los que están en exclusión social) sufren el apagón digital, lo que significa que viven la brecha digital de manera cotidiana.

-Con la pandemia ha aumentado la brecha de género: la exclusión social ha crecido más del doble en los hogares cuya sustentadora principal es una mujer. La diferencia entre la población con más y menos ingresos ha aumentado más de un 25%, cifra superior al incremento registrado durante las crisis del 2008.

-La exclusión social en hogares con población inmigrante es casi tres veces mayor que en los hogares españoles. Tres de cada diez familias se han visto obligadas a reducir los gastos habituales en alimentación, ropa y calzado.

-Las tasas más elevadas de exclusión social se dan en el Sur y el Este del país, junto con Canarias.


(Véase el informe “Evolución de la cohesión social y consecuencias de la Covid 19 en España”, realizado por Cáritas y la Fundación Foessa (18-01-2022):

https://www.caritas.es/noticias/foessa-presenta-la-primera-radiografia-social-completa-de-la-crisis-de-la-covid-19-en-toda-espana/


Como seguidores de Jesús o como personas de buena voluntad, ¿cuál es nuestra preocupación central? ¿Cuál nuestro centro de atención? ¿Y el de nuestras iglesias o comunidades?


Tal vez tengamos todos que volver al evangelio, -cada uno en su propio país y en su propio entorno- para entender que nuestro centro de atención, como el de Jesús, tiene que estar centrado en esta periferia, a la que hoy Cáritas española pone cara, identifica y cuantifica. Terrible realidad que tenemos que remediar entre todos.

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