El padre pródigo - La contracultura de la reconciliación

Cuarto domingo de Cuaresma


Primera lectura: Josué 5, 9 a. 10-12

Salmo responsorial: Salmo 33

Segunda lectura: 2 Corintios 5, 17-21


EVANGELIO

Lucas 15, 1-3. 11-32


El padre pródigo - La contracultura de la reconciliación

27 de marzo de 2022

PENÍNSULA DEL SINAÍ.


Nota: Si prefieres oír el texto del comentario que sigue, haz click aquí.


Todos los recaudadores y descreídos se le iban acer­cando para escucharlo; por eso tanto los fariseos como los letrados lo criticaban diciendo: -Éste acoge a los descreídos y come con ellos...

Y añadió: -Un hombre tenía dos hijos; El menor le dijo a su padre: -Padre, dame la parte de la fortuna que me toca. El padre les repartió los bienes. A los pocos días, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo como un per­dido. Cuando se lo había gastado todo, vino un hambre terrible en aquella tierra, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y buscó amparo en uno de los ciudadanos de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pues nadie le daba de comer.


Recapacitando entonces se dijo: -Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre. Voy a volver a casa de mi padre y le voy a decir: -Padre, he ofendido a Dios y te he ofendido a ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros. Entonces se puso en camino para casa de su padre.


Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y se conmovió; salió corriendo, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. El hijo empezó: -Padre, he ofendido a Dios y te he ofendido a ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados:

-Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traed el ter­nero cebado, matadlo y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y se le ha encontrado.

Y empezaron el banquete.


El hijo mayor estaba en el campo. A la vuelta, cerca ya de la casa, oyó la música y la danza; llamó a uno de los mozos y le preguntó qué pasaba. Este le contestó: -Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha mandado matar el ternero cebado por haber recobrado a su hijo sano y salvo. Él se indignó y se negaba a entrar; su padre salió e intentó persuadirlo, pero él replicó a su padre: -A mí, en tantos años como te sirvo sin saltarme nunca un mandato tuyo, jamás me has dado un cabrito para hacer fiesta con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, matas para él el ternero cebado.


El padre le respondió: -Hijo, ¡si tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo! Además, había que hacer fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a vivir, an­daba perdido y se le ha encontrado.


Una mirada al mundo

La humanidad atraviesa momentos difíciles. Vivimos en un mundo globalizado, aunque no debidamente regulado. Yo suelo decir de forma gráfica que, si alguien estornuda en Hong Kong, nos resfriamos en España; así ha sucedido con la Covid19, surgida en China, que ha terminado por contagiar al mundo entero.


Mirando alrededor constatamos, a simple vista, que la fa­milia humana está rota, descompuesta. La humanidad anda dividida en bloques antagónicos: Estados Unidos-Europa / China y los países del Este asiático. Y ahora, por si fuera poco, la invasión de Ucrania por Rusia, como elemento desestabilizador a nivel global…


Lo que está sucediendo estos días es algo terrible, que puede suponer un retroceso para la humanidad, un toque de atención que la puede llevar a recrear las barreras y a recomponer los muros que se habían derribado: Estados Unidos, a consolidar su poder; China, a no frenar su crecimiento; Europa, a convertirse en autosuficiente y rearmarse, por si acaso; Rusia, a ampliar sus áreas de influencia (a precio de masacre humana…). Sálvese quien pueda… No estoy haciendo aquí una descripción exhaustiva de lo que está pasando en el mundo, que es mucho más complejo, ni soy yo el más adecuado para ello. Baste con estos apuntes para constatar a grandes trazos la división de la familia humana en la que, por cierto, continentes como África son más bien campos de experimentación o de colonización de los poderosos.


Por eso, hoy más que nunca, tal vez sea conveniente volverse al evangelio para oxige­narse. Resulta cada vez más hermoso releer alguna de las parábolas que el Maestro nazareno proponía a la sociedad de la época, estructurada como la nuestra en clases enfrenta­das. Eso sí, hay que volverse al evangelio, liberándose de la versión oficial que se nos ha transmitido, deformadora, con frecuencia, de la verdad evangélica; unas veces por hacerle decir al evangelio lo que no dice, otras por no referir todo lo que narra, sino sólo una parte o por leerlo desde la clase dominante y no desde la clase oprimida, el único lugar apto para su lectura.


La parábola del hijo pródigo (del latín pro­digere: gastar profusamente) puede servir de ejemplo para ilustrar lo dicho. Jesús la pronunció para responder a las crí­ticas que los fariseos y letrados, oficialmente justos, le hacían a causa de su convivencia sin escrúpulos con gente de mala fama, recaudadores y descreídos. Los fariseos, que se consideraban “gente decente”, le echaban en cara que se sentase a la misma mesa con sujetos tan poco recomenda­bles y que anduviese en malas compañías (Lc 15,1).


El hijo menor, historia de un infortunio

La parábola comienza así: Un hombre tenía dos hijos. El menor le dijo a su padre:

-Padre, dame la parte de la fortuna que me toca. El padre les repartió los bienes. A los pocos días, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo como un per­dido.


Conforme avanza la parábola, la situación del hijo se deteriora. A su mal talante (cuando se lo había gastado todo) se suma una hambruna terrible. Para aliviar su situación extrema, este no recurre a su familia, en primer lugar, pues la ruptura con ella había sido completa, sino que se pone al servicio de un extranjero, (un extranjero es el polo opuesto a un padre) estando a punto de morir de hambre. Su situación llega hasta el extremo de tener que ponerse a guardar cerdos deseando compartir su misma comida, pues nadie le daba de comer. “Guardar cerdos” era una actividad prohibida para los judíos, dado que los cerdos se consideraban animales impuros. Una maldición del Talmud afirma: “Maldito sea el hombre que cuida cerdos y maldito el hombre que enseñe a su hijo la sabiduría griega”. En este proverbio, los cerdos se equiparan a los gentiles, la sabiduría griega. La maldición forma parte de un comentario talmúdico de un texto que habla “de una persona que conoce la sabiduría griega y, durante el asedio de Jerusalén, sustituye un cerdo por una oveja que iba a ser sacrificada en la ciudad. Cuando el cerdo, llevado en una canasta, está a punto de pasar las murallas de la ciudad, ocasiona un terremoto”.


El infortunio del hijo menor es tan grande que las gentes para las que trabaja se cuidan más de la alimentación de los cerdos que de la suya propia, pues nadie le daba de comer. Le entraban ganas de saciarse el estómago con las algarrobas que comían los cerdos. Su proceso de degradación es enorme: cuenta menos que los cerdos, pues ni siquiera le dan la comida de éstos; se encuentra lejos de su casa, sin familia, sin dinero, sin alimento, en tierra extranjera, desprovisto de humanidad y degradado al puesto de los cerdos. Hasta este extremo tuvo que llegar antes de volver a casa.

Un relato de familia

En el hijo menor –un tanto insensato, por cierto- y en su abandono de la casa paterna se ha centrado, con frecuencia, la explicación de la mal llamada “parábola del hijo pródigo”, olvidando que se trata, más bien, de un relato de familia, con tres personajes: un padre y dos hijos o hermanos. En la parábola entran en juego el comportamiento del hijo menor hacia el padre, del padre hacia los dos hijos y del hermano mayor hacia el Padre y hacia su hermano.


La vuelta a casa

Recapacitando entonces se dijo: ‑Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, mientras yo aquí me muero de hambre. Voy a volver a casa de mi padre y le voy a decir: -Padre, he ofendido a Dios y te he ofendido a ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros.


Aquí comienza un periodo de reflexión (que es, en realidad, de una conversión ambigua o interesada). Es el estómago vacío el que lo lleva a recapacitar. El hijo entra en razón por pura necesidad biológica. Por esto decide volver a casa, aunque sea como jornalero, desprovisto de su carácter de hijo y perdiendo su libertad, para depender, eso sí, de su padre, no de un extranjero. Un padre que sería en adelante patrón y no padre. Y se prepara un pequeño discurso en el que la necesidad extrema que está pasando se revista de retórica, como única vía para saciar su hambre. De este modo el hijo reconoce su pecado y asume su responsabilidad, iniciando el camino de vuelta.


El Padre/madre pródigo

Cuando estaba lejos, lo vio su padre y se conmovió; salió corriendo, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.


La separación y la lejanía han supuesto la ruptura; la aproximación significa el comienzo de la reconciliación. A partir de ahora, la escena está narrada desde la perspectiva del padre. El comportamiento del padre es extraño: no tiene en cuenta que su hijo ha manchado su honor; además, el texto supone que el padre ha estado esperando la vuelta de su hijo, pues lo ve venir de lejos cuando nadie le ha avisado de que volvía. Dice el texto que, al verlo,

se conmovió (esplakhnisthê: se le conmovieron las entrañas; en Lc 1,78 se dice de Dios que tiene entrañas de misericordia: splagxna eleous),

salió corriendo (un gesto desacostumbrado y poco digno para un oriental de edad),

se le echó al cuello y lo cubrió de besos (kataphiléô). Abrazar y besar son signos de perdón; "cubrir de besos" parece más bien un gesto maternal. Este amor que manifiesta el padre es más propio de madre que de padre.


El hijo empezó: Padre, he ofendido a Dios y te he ofendido a tí; ya no merezco llamarme hijo tuyo...


Pero el padre no lo deja continuar como había pensado el hijo: Trátame como a uno de tus jornaleros es una frase que no llega a pronunciar, pues la iniciativa la lleva el padre. El relato del hijo menor termina de modo feliz, inesperadamente. A continuación, el padre manda a los criados que cumplan órdenes, cuya finalidad es devolver al hijo su condición de hijo y no la de jornalero, así como restaurar su honor perdido.


Lo que más llama la atención no son ni siquiera las muestras de amor del padre hacia el hijo, sino ese amor desmesurado, casi excesivo y compulsivo que le lleva a organizar un banquete por todo lo alto: -Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traed el ter­nero cebado, matadlo y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y se le ha encontrado.


Y comienza el banquete con el que el hijo inicia una existencia jamás soñada con su padre, un “padre pródigo” en amor.


El hijo (¿hermano?) mayor

Pero el centro de interés de la parábola no está en la proa, sino en la popa, esto es, solo se entiende de modo completo desde el final. Dice la parábola que el hijo mayor oyó la música y el baile, se indignó y se negó a entrar, pero el padre salió e intentó persuadirlo. A lo que el hijo replicó: -Mira, a mí en tantos años como te sirvo sin desobede­cer una orden tuya, jamás me has dado un cabrito para comér­melo con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, matas para él el ter­nero cebado. El padre le respondió -¡Hijo mío, si tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo! Por otra parte, había que hacer fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo se ha­bía muerto y ha vuelto a vivir, se había perdido y se le ha en­contrado”.


El hijo mayor no se considera hermano del menor: “ese hijo tuyo”, le dice al padre, aunque este le recuerda que no debe olvidar que, a pesar de todo, es su hermano, cuando le responde: “porque este hermano tuyo”…


Me acuerdo de mamá

Quienes dan más peso al primer acto de la parábola la han titulado como “del hijo pródigo”; quienes al segundo, la “del hijo mayor”. Otros equilibran ambos actos y la llaman “parábola del hijo pródigo y del hijo observante”. Yo prefiero llamarla “del padre pródigo”. Un padre, por cierto, con rasgos maternos hasta el punto de que Brandon Scott titula el comentario a esta parábola con el título de “I remember Mama” (Me acuerdo de mamá).


Magnífica lección de este “padre/madre pródigo”, verdadero protagonista de la parábola. Pero es triste que siempre haya alguien –como el hermano mayor- que no esté dispuesto a perdonar y olvidar, que distorsione la familia humana, que haga de la fiesta un conflicto, y de la sociedad, una pugna fratricida. Alguien que, como los fariseos y letrados, representados en el hermano ma­yor, a los que va dirigida la parábola, se cierran al diálogo con los “oficialmente perversos, aunque arrepentidos”. Por esos derroteros, la familia humana se auto­destruye.


Sólo el olvido y el perdón hacen de la vida una fiesta, borrón y cuenta nueva de un pasado de división y le­janía. Este es el único camino posible para la construcción de una humanidad fraterna, que no esté dividida en bloques. No hay otro. Por el de la confrontación -hasta las armas, incluso- no hay salida. Solo implantando la “contracultura de la reconciliación” se puede desandar el camino hacia una nueva humanidad.


Pero a la vista de esta parábola y de los trágicos acontecimientos actuales no me atrevo ni a insinuar hacia dónde irá nuestro mundo cuando pase el horror de la invasión de Ucrania, -por cierto que hay otras guerras, aunque curiosamente silenciadas-, pues creo que el camino de la reconstrucción de esta humanidad tan dividida va a ser largo y duro, tal vez mucho más difícil a la vista de lo visto.

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