Elogio de la sencillez


XXX Domingo del Tiempo Ordinario


Primera lectura: Eclesiástico 35, 12-14. 16-19a Salmo 33 Segunda lectura: - 2ª Timoteo 4, 6-8. 16-18.


EVANGELIO Lucas 18,9-14


Elogio de la sencillez

23 de octubre de 2022

Capitel en la Explanada del Templo.


Nota: Si prefieres oír el texto del comentario que sigue, haz click aquí.


A algunos que, pensando estar a bien con Dios, se sentían seguros de sí, y despreciaban a los demás, les dirigió esta parábola:


Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro recaudador.


El fariseo se plantó y se puso a orar en voz baja de esta manera: “Dios mío, te doy gracias de no ser como los demás: ladrón, injusto, adúltero; ni tampoco como ese recaudador. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que gano”.


El recaudador se quedó a distancia y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; no hacía más que darse golpes de pecho diciendo: -‑¡Dios mío!, ten compasión de este pecador.


Os digo que este bajó a su casa a bien con Dios y aquél no. Porque a todo el que se encumbra lo abajarán y al que se abaja lo encumbrarán”.

Los personajes de esta parábola son dos: un fariseo y un recaudador.


--Un fariseo

El primero es un fariseo.

La palabra fariseo deriva, según la opinión más común, del verbo arameo parash que significa “separar” y significa “separado o separatista”. Según esta etimología, los fariseos eran gente que se separaba de la masa del pueblo y se distinguía por su observación meticulosa de la Ley.

Hay otra teoría que defiende que la palabra “fariseo” no significa “separado”, sino que se deriva de perushí (persianizante), por la gran afinidad que hay entre las doctrinas fariseas sobre el más allá y la religión persa.


Seiscientos trece mandamientos

En realidad, los fariseos no se separaban del pueblo, ni huían de la gente, sino todo lo contrario: su meta era hacer asequible y atractiva la práctica de la Torá o Ley de Moisés (los cinco primeros libros de la Biblia) al mayor número posible de gente. Pero lo triste del caso es que, para conseguir este objetivo, habían elaborado una larga y complicada casuística en torno a la Ley, con la finalidad de eximir al pueblo de sus duras exigencias, facilitando así su cumplimiento. Este procedimiento, no obstante, llevado a la exageración, había convertido la observancia de la Ley en un “yugo insoportable” para el pueblo, pues según los fariseos, los preceptos, que había que observar para estar a bien con Dios, eran nada menos que 613. Tarea imposible para el pueblo llano, que, para ello, tendría que dedicarse a tiempo completo al estudio de la Ley.

Dos mandamientos

Los fariseos tenían una enorme influencia sobre la conciencia del pueblo. Jesús los critica duramente en el evangelio, pues su doctrina se había convertido en el obstáculo más serio para la implantación del evangelio o buena nueva de Jesús, cuyo objetivo principal era liberar al pueblo de la opresión de la Ley. Para ello, Jesús redujo los 613 mandamientos a solo dos: el amor a Dios y el amor al prójimo. Impresionante descuento, que invita a centrarse en lo sustancial y abandonar tanto precepto accidental. Supongo que esta doctrina de Jesús sería tachada de simplista por los fariseos, que se consideraban sabios y entendidos en la Ley.


Los sabios y entendidos.

Tal vez por eso, en el evangelio de Mateo (11,28-30), con bastante ironía, Jesús exclama: “Bendito seas, Padre, Señor del cielo y tierra, porque, si has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla. (Mt 18,25). Con esta frase el evangelista alude al libro del profeta Isaías donde dice el Señor: “Ya que este pueblo se me acerca con la boca y me glorifica con los labios, mientras su corazón está lejos de mí y su culto a mí es precepto humano y rutina, yo seguiré realizando prodigios maravillosos: fracasará la sabiduría de sus sabios y se eclipsará la prudencia de sus prudentes” (Is 29,14).


En el evangelio, “los sabios y entendidos” son los fariseos y los letrados que no captan el sentido de las obras de Jesús y le niegan todo tipo de autoridad. Por ello, Jesús se vuelve al pueblo y lo invita a abandonar la doctrina farisea con estas palabras: “Acercaos a mí todos los que estáis rendidos y abrumados, que yo os daré respiro. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde: encontraréis vuestro respiro, pues mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. El yugo de Jesús es más llevadero porque consiste solo en practicar dos mandamientos frente a tanto mandamiento impuesto por los fariseos: amar a Dios y al prójimo, y, si se apura, amar al prójimo como prueba y manifestación del amor a Dios, pues como dice la primera carta de Juan (2,10): “Quien ama a su hermano habita en la luz, y en la luz no se tropieza”.


--“Un recaudador”

El segundo personaje de la parábola es un recaudador de impuestos, llamado comúnmente “publicano” (en griego: “telônês”, derivado de “telos”: impuesto). Con esta palabra se alude en los evangelios no al jefe de aduanas, sino a un pequeño subalterno judío, cobrador de impuestos. Los publicanos o recaudadores eran despreciados y tenidos por pecadores públicos por sus vínculos con el poder romano ocupante y por sus frecuentes abusos en el cobro de impuestos. De ahí que cualquier judío observante se mantuviera alejado de ellos. Jesús no se atuvo a esa práctica, pues uno de sus discípulos, Mateo, era recaudador; por lo demás, recaudadores y prostitutas formaban parte de su compañía.


Pues bien, un fariseo y un recaudador -que suben al templo a orar- son los protagonistas de la parábola del evangelio.


La actitud de ambos ante Dios es muy diferente:


--El fariseo oraba de pie como era costumbre hacerlo en la época; no por soberbia. Era sincero al confesar no ser ladrón, ni injusto, ni adúltero. Incluso cumplía la Ley más de lo que la Ley misma prescribía, pues ayunaba dos veces por semana y, sin embargo, sólo era obligatorio ayunar un día al año, el Día de la Expiación o “Yom Kippur”, y pagaba el diezmo de todo lo que ganaba, aunque sólo estaba mandado pagar el diezmo de los frutos principales. Era, por tanto, un piadoso judío, practicante de la ley en exceso, seguro de sí mismo.


En realidad era soberbio y engreído, se creía superior y se preciaba de no ser como los demás, hasta el punto de desdeñar a los que no eran como él, como “ese recaudador”. Satisfecho de su condición de hombre pretendidamente “justo”, el fariseo no pide nada a Dios. Su acción de gracias está vacía de contenido; es un monólogo de autocomplacencia. Más bien da la impresión de que era Dios quien le tendría que estar agradecido por su fidelidad de hombre observante. Este fariseo forma una casta aparte (“no soy como los demás hombres”) y juzga severamente el comportamiento del recaudador (“ni tampoco como ese recaudador”). Cumple con sus obligaciones religiosas sin ninguna clase de compromiso con el prójimo. Es víctima de la soberbia que, según el psiquiatra Enrique Rojas, “consiste en concederse más méritos de los que uno tiene. La soberbia es la trampa del amor propio: estimarse muy por encima de lo que uno vale. Es falta de humildad y, por tanto, de lucidez. La soberbia es la pasión desenfrenada sobre sí mismo. Apetito desordenado de la propia persona que descansa sobre la hipertrofia de la propia excelencia. Es fuente y origen de muchos males de la conducta y es, ante todo, una actitud que consiste en adorarse a sí mismo. Sus notas más características son prepotencia, presunción, jactancia, vanagloria, situarse por encima de todos lo que le rodeaban.


Entre los pecados capitales, la soberbia ha sido considerada por la Iglesia como el primero y principal, al igual que el sentimiento de “hybris” entre los griegos, que los llevaba a considerarse iguales o superiores a los dioses.

--El recaudador, por el contrario, no tiene nada de qué enorgullecerse. No desprecia a los demás, ni se da porte; reconoce su propia indigencia delante de Dios, ante quien no cabe otra postura. Es sencillo, no tiene doblez. Se conoce a sí mismo y es consciente de su fragilidad, confesándose pecador. Su petición confiada obtiene la misericordia de Dios, mientras que la acción de gracias del fariseo, que cree que se lo merece todo por sus obras, es rechazada.


Paradójicamente, en la parábola, queda mal el piadoso cumplidor de la ley, y bien el pecador. Dios condena la altanería del fariseo y premia la sencillez del recaudador. En realidad, esta parábola es unelogio de la sencillez y de todos aquellos que no miran a los demás por encima del hombro y se reconocen como son ante Dios y ante los demás, pues la soberbia y el engreimiento molestan a Dios y dañan la convivencia humana.


NOTA: Sobre la soberbia puede leerse el interesante artículo del psiquiatra Enrique Rojas: “Psicología de la soberbia” en

https://es.catholic.net/op/articulos/22211/cat/430/psicologia-de-la-soberbia.html#modal


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