La avanzadilla del odio

Actualizado: 27 ene

Cuarto domingo del tiempo ordinario


Primera lectura: Jeremías 1, 4-5. 17-19 Salmo responsorial: Salmo 70 Segunda lectura: 1 Corintios 12, 31-13, 13

EVANGELIO


LA AVANZADILLA DEL ODIO

30 de enero del 2022

Pozo o manantial de María en Nazaret

(restaurado en 1967 y 2000). Según el Protoevangelio de Santiago (s. II), la

Anunciación de María tuvo lugar junto a un pozo.


Nota: Si prefieres oír el texto del comentario que sigue, haz click aquí.


En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga:

—«Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír».

Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios.

Y decían: —«¿No es éste el hijo de José?».

Y Jesús les dijo: —«Sin duda me recitaréis aquel refrán: «Médico, cúrate a ti mismo»; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún». Y añadió: —«Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio».

Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo.

Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejó.

Como judío que era, Jesús acudía cada sábado a la sinagoga, lugar de reunión y de lectura de las Escrituras de los judíos, una especie de sucursal o sucedáneo del templo de Jerusalén, el único que había en el país. Existía otro en el monte Garizím, pero era samaritano y considerado heterodoxo por los judíos.


Y, como leímos el domingo pasado, cuenta el evangelista Lucas que aquel día Jesús fue invitado a leer y explicar la lectura de los Profetas. Por entonces la Biblia, escrita en hebreo, no era entendida por el pueblo que hablaba una lengua distinta: el arameo. El lector leía, por tanto, en hebreo y el meturgeman o traductor de turno la traducía al arameo, al tiempo que comentaba en arameo lo leído. Algo así como pasaba antes cuando la misa se decía en latín, lengua que no entendía el pueblo.


El ritual de la sinagoga prohibía que el lector o comentarista añadiese o suprimiese verso alguno de la lectura de turno. Jesús anunció “el año favorable o año de gracia del Señor”, pero omitió las palabras con las que terminaba aquel texto: “el día de la venganza de nuestro Dios”, esto es, el día en que Dios castigaría a los pueblos paganos.

El atrevimiento de Jesús provocó la reacción de sus paisanos e hizo que “toda la sinagoga tuviese los ojos fijos en él.” Pero la cosa no quedó ahí. Jesús, “enrollando el volumen, lo devolvió al sacristán y se sentó. Y empezó a hablarles: “Hoy, en vuestra presencia, se cumple este pasaje.”


Con la supresión de la frase de Isaías “el día de la venganza de nuestro Dios”, Jesús había terminado la lectura del texto‑base de su futura actuación. Lo suyo sería proclamar el perdón y el amor de Dios, no sólo para su pueblo, sino para todos los pueblos de la tierra, incluidos los enemigos del pueblo elegido. Jesús venía de parte de Dios a cancelar, de una vez para siempre, la ola de venganza y de odio que, a lo largo de la historia, había ido tomando carta de ciudadanía en el corazón humano y que ahora se manifestaba en sus compatriotas. Lo del Dios de Jesús era proclamar el “año de gracia,” el año “favorable”, esto es, perdonar, olvidar, cancelar del diccionario de las relaciones humanas realidades tan tristes como el desquite, la venganza, la revancha, el odio, la represalia, la ley de “talión” con su famoso “ojo por ojo y diente por diente” (Éx 21,23‑25).


Pero el evangelio continúa: “Y todos le expresaban su aprobación (en griego, emartyrounto autô) y se admiraban de las palabras de gracia (en griego, ethaúmadson epi tois logois thês kháritos) que salían de sus labios”. Sin embargo esta traducción que se lee en la liturgia no es correcta. Donde traducen “todos le expresaban su aprobación”, el texto griego utiliza el verbo martyreô, “dar testimonio”, que se puede construir de dos maneras con dativo favorable (dar testimonio a favor de alguien o expresar aprobación) o desfavorable (extrañarse de algo). Generalmente todos traducen por “todos le expresaban su aprobación o todos daban testimonio a su favor” (en sentido favorable) cuando aquí, a la vista de la reacción de sus paisanos, lo más propio es que se declarasen en contra de Jesús por haber omitido la parte del texto de Isaías, relativo a la venganza de Dios. Por otra parte, cuando traducen: “y se admiraban de las palabras de gracia”, el verbo que se utiliza en griego es thaumádsô que puede traducirse por “admirarse”, en sentido positivo, o “extrañarse, en sentido negativo. Y aquí se debe entender en sentido negativo, por lo que el texto griego, después de proclamar Jesus el año favorable y omitir “el día de la venganza de nuestro Dios”, bien traducido debería decir: “Todos se declaraban en contra, extrañados de que mencionase solo las palabras sobre la gracia que salían de sus labios”.


Ahora se entiende la reacción despectiva de sus paisanos, que se preguntan: “Pero ¿no es este el hijo de José?” o lo que es igual: ¿Quién es este que se atreve a omitir esas palabras del profeta Isaías?


A lo que Jesús responde: —«Sin duda me recitaréis aquel refrán: «Médico, cúrate a ti mismo»; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún». Y añadió: —«Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra.


Y como prueba de que el Dios de Jesús no está por la venganza contra todos los que no son del pueblo de Israel, que ama por igual a judíos y paganos, Jesús pone dos analogías: la de la viuda de Sarepta, pagana, de quien Elías reanimó el cadáver de su hijo, y la de Naamán el sirio (también pagano), cuya lepra fue curada por el profeta Eliseo, dejando entrever que el amor de Dios no se circunscribiría solo al pueblo de Israel, sino que alcanzaría también a los pueblos paganos, poniendo fin a la venganza de Dios.


Pero el fanatismo y nacionalismo de los presentes –siempre excluyente como todo nacionalismo- no pararía ahí, pues dice el Evangelista que “todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejó”.


Este primer intento de acabar con Jesús fracasó, pero, al final de su vida, lo sacarían “fuera” de la ciudad de Jerusalén y lo ejecutarían como si fuese un zelota más, un revolucionario de turno, crucificándolo en medio de dos malhechores. Hasta ahí llegaría el odio de los sumos sacerdotes, los jefes y el pueblo, cómplice de estos, con la connivencia del gobernador romano.


Fanatismo, nacionalismo, exclusivismo, odio, venganza, desquite son palabras que no forman parte del vocabulario de Jesús que viene a proclamar el amor de Dios para todos.



Pero esta cadena de odio y venganza que llevó a la cruz al maestro nazareno no ha muerto por desgracia. Hoy, “con el crecimiento de los populismos, a partir de la crisis económica que se inicia en 2008, se ha producido un fenómeno político a nivel mundial, que ha exacerbado entre la población actitudes defensivas nacionalistas, excluyentes, anti-solidarias, individualistas, propiciadas por las organizaciones de derecha extrema. En algunos países estas organizaciones se han vinculado fuertemente a movimientos religiosos... La alianza entre la extrema derecha política y los movimientos cristianos fundamentalistas ha dado lugar al nacimiento de una nueva religión, la Internacional cristoneofascista, que se alimenta del odio, crece y disfruta con él, lo fomenta entre sus seguidores y lo inocula en la ciudadanía. Una correlación de fuerzas que está cambiando el mapa político y religioso.

El odio se dirige contra la llamada ideología de género y el feminismo, los colectivos inmigrantes, las personas musulmanas, el movimiento LGTBI, el matrimonio igualitario, la interrupción voluntaria del embarazo, el laicismo, el ecologismo, etc.”.

(He tomado este texto entrecomillado de la contraportada del libro de Juan José Tamayo, La internacional del odio. ¿Cómo se construye? Cómo se deconstruye? (Ed. Icaria, Barcelona 2020). Una entrevista con el autor de esta obra puede verse https://www.youtube.com/watch?v=F9-bTWbekKE)


En España, lamentablemente, tenemos ya un ejemplo de este cristoneofascismo: el partido de Vox, como parte de esta internacional neofascista que ha surgido con fuerza en EEUU (Trump), pasando por Brasil (Bolsonaro y las Mega-iglesias) y los movimientos evangélicos fundamentalistas en diversos países de América Latina, pero que está ya presente en casi todos los países de Europa, donde destacan La Liga Norte de Salvini en Italia, Agrupación Nacional de Marie Le Pen en Francia, Alternativa por Alemania, el Partido por la Libertad en Austria, Amanecer dorado en Grecia, por poner solo unos ejemplos, pues esta ola de fundamentalismo político que se apega a las raíces cristianas ha invadido con mayor o menor fuerza casi todos los países de Europa, de modo que no hay ya casi ninguno que no esté contaminado de esta ultraderecha que fomenta la exclusión, el odio y la intolerancia.


(Un reportaje sobre el estado de las extremas derechas en Europa puede leerse en un artículo de Ivo Alho Cabral, titulado “La ultraderecha tiñe el mapa de Europa…”, publicado en el diario Público de 21 de enero de 2020, que presenta un panorama que, lamentablemente, ha ido a más desde la fecha de publicación hasta hoy. (Véase https://www.publico.es/internacional/politica-europea-ultraderecha-tine-mapa-europa-5-gobiernos-22-parlamentos-paises-ue.html.)

El modelo de mesianismo de Jesús rehuyó los ideales político-religiosos del pueblo, obligado a pagar enormes impuestos de guerra y sometido al vasallaje de las tropas romanas de ocupación. Jesus nada tuvo que ver con las propuestas violentas de los falsos mesías y revolucionarios nacionalistas surgidos en su tiempo que utilizaban la fuerza de las armas para vencer al enemigo y que fueron acallados también por la fuerza imperante. Tampoco tiene nada que ver con estos redentores de extrema derecha que, basados en una lectura fundamentalista de la Biblia -e incluso aludiendo a una interpretación conservadora de la moral cristiana-, pretenden dirigir nuestra sociedad como lo pretende Vox, -minando por cierto los pilares de la democracia- pues muchos de los postulados que profesan –a los que hemos aludido con antelación- no casan ni por asomo con el evangelio de Jesús por más que incluso ciertos sectores de la alta jerarquía eclesiástica –sin decirlo a todas luces- estén de acuerdo con muchos presupuestos de esta extrema derecha, verdadera avanzadilla del odio.

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