Los nuevos leprosos


XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario


Primera lectura: 2 Reyes 5, 14-17 Salmo 97 Segunda lectura: 2ª Timoteo 2,8-13

EVANGELIO Lucas 17,11-19


Los nuevos leprosos

09 de octubre de 2022

Iglesia de San Simón el Estilita en Siria, cuna del cristianismo antiguo.


Nota: Si prefieres oír el texto del comentario que sigue, haz click aquí.


Yendo camino de Jerusalén, también Jesús atravesó por entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez leprosos, que se para­ron a lo lejos y le dijeron a voces: -¡Jesús, jefe, ten compasión de nosotros!


Al verlos les dijo:-Id a presentaros a los sacerdotes.


Mientras iban de camino, quedaron limpios.


Uno de ellos, viendo que se había curado, se volvió alabando a Dios a grandes voces y se echó a sus pies rostro a tierra, dándole las gracias; éste era samaritano.


Jesús preguntó:-¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien vuelva para dar glo­ria a Dios, excepto este extranjero?


Y le dijo: -Levántate, vete, tu fe te ha salvado.


Samaritanos y judíos

Entre samaritanos y judíos, ‑habitantes del centro y sur de Palestina respectivamente‑, existía una antigua enemistad, una fuerte rivalidad que se remontaba al año 721 a. C. en el que el emperador Sargón II tomó militarmente la ciudad de Samaría y deportó a Asiria (hoy Iraq) la mano de obra cualificada, poblando la región conquistada con colonos asirios (2 Re 17). Con el correr del tiempo, estos colonos se mezclaron con la población judía de Samaría, dando origen a una mezcla humana que, naturalmente, contaminó también las creencias. Por esta razón, Samaría era considerada por los judíos una región heterodoxa, población de sangre mixta y de religión sincretista. Llamar a alguien “samaritano” en tiempos de Jesús era uno de los mayores insultos que se podían hacer.


Diez leprosos

Pues bien, refiere el evangelista que, atravesando entre Galilea y Samaría, salieron al encuentro de Jesús diez leprosos y, sin acercársele, -pues eran considerados impuros religiosamente hablando-, le pidieron que tuviese compasión de ellos.

La lepra en tiempos de Jesús

La lepra, tal y como la conocemos hoy, fue tipificada por el médico noruego Hansen (1841-1912), conocido como el descubridor en 1873 del Mycobacterium leprae, el agente causante de esta enfermedad, llamada también "mal de Hansen".


Los leprosos del evangelio no eran leprosos en el sentido moderno, sino personas con enfermedades de la piel, que vivían fuera de las poblaciones para no contagiar al resto y, si habitaban dentro, residían aislados de la gente de la gente, no pudiendo entrar en contacto con nadie, ni asistir al culto sinagogal. En realidad, por ser leprosos, eran personas marginadas no solo social, sino también religiosamente.


El libro del Levítico prescribe cómo habían de comportarse estos enfermos: “El que ha sido declarado enfermo de afección cutánea andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: -¡Impuro, impuro! Mientras le dure la afección seguirá impuro. Vivirá apartado y tendrá su morada fuera del campamento” (Lv 13,45‑ 46). El concepto de lepra, como se ve por este texto del libro del Levítico, dista mucho de la acepción científica que la medicina moderna da a esta palabra.


Id a presentaros a los sacerdotes

Dice el evangelista Lucas que “al verlos Jesús, les dijo: ‑Id a presentaros a los sacerdotes. Cuando iban de camino, los leprosos quedaron limpios”.


Una de las funciones del sacerdote era diagnosticar ciertas enfermedades que, por ser contagiosas, exigían que el enfermo se retirara por un tiempo de la vida pública y no pudiese asistir al culto. Una vez curado, este debía presentarse al sacerdote para que le diera una especie de certificado de curación que les permitiera reinsertarse en la sociedad.


Es curioso ver que, en esta ocasión, Jesús no cura a los leprosos tocándolos, como hace en otro momento en el evangelio de Marcos con un leproso (Mc 1,39-45), sino que estos se sienten curados mientras iban de camino, antes de llegar al templo.


El único que vuelve

Pero el relato evangélico no termina ahí. “Uno de ellos, notando que estaba curado, se volvió alabando a Dios a voces, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias; era un samaritano. Jesús le preguntó: ‑¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien vuelva para agradecérselo a Dios excepto este extranjero? Y le dijo: ‑Levántate, vete, tu fe te ha salvado” (Lc 17,11‑17).


De los diez leprosos, uno era samaritano, lo que nos hace suponer que los otros nueve eran judíos. Y llama la atención que solo este vuelve a dar gracias. El que vuelve era leproso como el resto, pero, para mayor INRI, samaritano, calificado por Jesús de extranjero. Sólo un samaritano, el oficialmente heterodoxo, el hereje, el excomulgado, el despreciado y marginado por el sistema judío, volvió a Jesús. El resto fue a los sacerdotes para integrase de nuevo en el sistema judío que había sido incapaz de curarlos.

El mundo al revés: los nueve leprosos curados, que deberían dar gracias a Dios por su curación, siendo judíos, no lo hacen. Y aquel de quien los judíos no esperaban nada, un samaritano, vuelve a Jesús para darle las gracias, quedando claro de este modo que solo este pertenecía al verdadero pueblo de Dios; los otros, por muy judíos que fuesen, quedaron descalificados. Una lección magistral.

Descartar, descarte, descartado

Al leer este texto del evangelio me he vuelto a la encíclica Fratelli Tutti del Papa Francisco –cuya lectura recomiendo vivamente- y he buscado las veces en las que aparece en ella el verbo “descartar” y las palabras derivadas de esta raíz verbal como “descarte o descartado”. Y lo he hecho porque, en realidad, los leprosos de ayer pertenecían a esta clase social que Francisco llama de los “descartados” y hacia los que hay que volverse, como Jesús a los leprosos, para sacarlos de su situación de marginación.


Veamos algunos textos


-Refiriéndose a Francisco de Asís (párrafo 2), el papa dice: “…San Francisco, que se sentía hermano del sol, del mar y del viento, se sabía todavía más unido a los que eran de su propia carne. Sembró paz por todas partes y caminó cerca de los pobres, de los abandonados, de los enfermos, de los descartados, de los últimos”. Como Jesús.

-Pero el papa no se refiere solo a situaciones individuales de personas descartadas, sino a cómo el descarte de personas se da también a gran escala (párrafos 19 y 20): «Objeto de descarte no es sólo el alimento o los bienes superfluos, sino con frecuencia los mismos seres humanos. Vimos lo que sucedió con las personas mayores en algunos lugares del mundo a causa del coronavirus. No tenían que morir así. Pero en realidad algo semejante ya había ocurrido a causa de olas de calor y en otras circunstancias: cruelmente descartados. No advertimos que aislar a los ancianos y abandonarlos a cargo de otros sin un adecuado y cercano acompañamiento de la familia, mutila y empobrece a la misma familia. Además, termina privando a los jóvenes de ese necesario contacto con sus raíces y con una sabiduría que la juventud por sí sola no puede alcanzar. Este descarte se expresa de múltiples maneras, como en la obsesión por reducir los costos laborales, que no advierte las graves consecuencias que esto ocasiona, porque el desempleo que se produce tiene como efecto directo expandir las fronteras de la pobreza. El descarte, además, asume formas miserables que creíamos superadas, como el racismo, que se esconde y reaparece una y otra vez. Las expresiones de racismo vuelven a avergonzarnos demostrando así que los supuestos avances de la sociedad no son tan reales ni están asegurados para siempre”.

-Y, más adelante, Francisco añade (párrafo 22): “En el mundo de hoy persisten numerosas formas de injusticia, nutridas por visiones antropológicas reductivas y por un modelo económico basado en las ganancias, que no duda en explotar, descartar e incluso matar al hombre. Mientras una parte de la humanidad vive en opulencia, otra ve su propia dignidad desconocida, despreciada o pisoteada y sus derechos fundamentales, ignorados o violados».

-En el párrafo 110 de esta encíclica, Francisco vuelve a insistir en el tema del desccarte: “Palabras como libertad, democracia o fraternidad se vacían de sentido. Porque el hecho es que ‘mientras nuestro sistema económico y social produzca una sola víctima y haya una sola persona descartada, no habrá una fiesta de fraternidad universal’. Una sociedad humana y fraterna es capaz de preocuparse para garantizar de modo eficiente y estable que todos sean acompañados en el recorrido de sus vidas, no sólo para asegurar sus necesidades básicas, sino para que puedan dar lo mejor de sí, aunque su rendimiento no sea el mejor, aunque vayan lento, aunque su eficiencia sea poco destacada”.


La cultura del descarte

Y hablando de los políticos (párrafo 188), Francisco puntualiza que “están llamados a ‘preocuparse de la fragilidad de los pueblos y de las personas. Cuidar la fragilidad quiere decir fuerza y ternura, lucha y fecundidad, en medio de un modelo funcionalista y privatista que conduce inexorablemente a la cultura del descarte. […] Las mayores angustias de un político –dice Francisco- no deberían ser las causadas por una caída en las encuestas, sino por no resolver efectivamente el fenómeno de la exclusión social y económica, con sus tristes consecuencias de trata de seres humanos, comercio de órganos y tejidos humanos, explotación sexual de niños y niñas, trabajo esclavo, incluyendo la prostitución, tráfico de drogas y de armas, terrorismo y crimen internacional organizado… Debemos cuidar que nuestras instituciones sean realmente efectivas en la lucha contra todos estos flagelos. Esto se hace aprovechando con inteligencia los grandes recursos del desarrollo tecnológico”.

-Y en el párrafo 234 comenta: “Frecuentemente se ha ofendido a los últimos de la sociedad con generalizaciones injustas. Si a veces los más pobres y los descartados reaccionan con actitudes que parecen antisociales, es importante entender que muchas veces esas reacciones tienen que ver con una historia de menosprecio y de falta de inclusión social. Como enseñaron los Obispos latinoamericanos, ‘sólo la cercanía que nos hace amigos nos permite apreciar profundamente los valores de los pobres de hoy, sus legítimos anhelos y su modo propio de vivir la fe. La opción por los pobres debe conducirnos a la amistad con los pobres'».

-Finalmente, hablando de María (párrafo 278), Francisco dice: “Ella, con el poder del Resucitado, quiere parir un mundo nuevo, donde todos seamos hermanos, donde haya lugar para cada descartado de nuestras sociedades, donde resplandezcan la justicia y la paz.


Los nuevos leprosos

Los leprosos de ayer son los descartados de hoy a los que Francisco identifica con “los pobres, los abandonados, los enfermos, las personas mayores dejadas en las residencias, las victimas del racismo, los excluidos social y económicamente, las victimas del comercio de órganos, los niños o niñas explotados sexualmente, las víctimas de la prostitución, del tráfico de drogas y de armas, del terrorismo y del crimen internacional organizado…”. A estos habría que añadir esa sangría de seres humanos que huyen de la guerra o de la miseria, muchos de los cuales vienen en pateras a nuestras costas, jugándose la vida, en busca de una vida digna.


Estos son los nuevos leprosos de nuestro mundo en el que no debiera haber ningún descartado y a los que todos tendríamos que volvernos para sanar sus dolencias, motivados, como Jesús, por la compasión, verdadera virtud que debe resplandecer en esta sociedad abiertament

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