Miedo o paz


Segundo Domingo de Pascua


Primera lectura: Hechos 5, 12-16 Salmo responsorial: Salmo 117 Segunda lectura: Apocalipsis 1, 9-11 a. 12-13. 17-19 EVANGELIO Juan 20, 19-31


Miedo o paz

24 de abril de 2022

Anocher en el desierto del Sinaí.


Nota: Si prefieres oír el texto del comentario que sigue, haz click aquí.


Ya anochecido, aquel día primero de la semana, es­tando atrancadas las puertas del sitio donde estaban los discípulos, por miedo a los dirigentes judíos, llegó Jesús, haciéndose presente en el centro, y les dijo: -Paz con vosotros. Y dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos sintieron la alegría de ver al Señor.


Les dijo de nuevo: -Paz con vosotros. Igual que el Padre me ha enviado a mí, os envío yo también a vosotros. Y dicho esto sopló y les dijo: -Recibid Espíritu Santo. A quienes dejéis libres de los pecados, quedarán libres de ellos; a quienes se los im­putéis, les quedarán imputados.


Pero Tomás, es decir, Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le decían: -Hemos visto al Señor en persona. Pero él les dijo: -Como no vea en sus manos la señal de los clavos y, además, no meta mi dedo en la señal de los clavos y meta mi mano en su costado, no creo.


Ocho días después estaban de nuevo dentro de casa sus discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús estando las puertas atrancadas, se hizo presente en el centro y dijo:

-Paz con vosotros. Luego dijo a Tomás: -Trae aquí tu dedo, mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel. Reaccionó Tomás diciendo: -¡Señor mío y Dios mío! Le dijo Jesús: -¿Has tenido que verme en persona para acabar de creer? Dichosos los que, sin haber visto, llegan a creer.


El Evangelio de hoy trae a colación dos escenas. En la primera, Jesús se hace presente en el sitio donde estaban los discípulos “con las puertas atrancadas por miedo a los judíos”. En la segunda, el protagonista es Tomás, que no da crédito a los discípulos que le dicen “haber visto al Señor” y que, ocho días después, recibe de Jesús este reproche: “No seas incrédulo, sino fiel”.

Escena primera (Jn 20,19-23)

Esta primera escena tiene lugar “ya anochecido” el día. La hora nos remite a la noche previa a la liberación de los israelitas de Egipto en el libro del Éxodo (12,42) antes de cruzar el Mar Rojo, la noche en que veló el Señor para sacarlos de Egipto: noche de vela para los israelitas por todas las generaciones. Fue la noche en la que comieron el cordero y marcaron con su sangre las puertas de sus casas, para que, cuando pasase el ángel del Señor, no acabase con la vida de los primogénitos de los israelitas, sino solo con la de los egipcios (Éx 12,1-14).

La noche, que es el tiempo en el que actúan las fuerzas del mal, como en la noche de la negación de Pedro cuando cantó el gallo (Lc 22,34), es también el comienzo de la liberación para los discípulos, como lo fue para los israelitas antes de salir de Egipto, según se lee en el libro del Éxodo (14,10-12): El Faraón se acercaba, los israelitas alzaron la vista y vieron a los egipcios que avanzaban detrás de ellos, y muertos de miedo gritaron al Señor. Y dijeron a Moisés: ¿No había sepulcros en Egipto? Nos has traído al desierto a morir. ¿Qué nos has hecho sacándonos de Egipto? ¿No te decíamos ya en Egipto: -Déjanos en paz, y serviremos a los egipcios; más nos vale servir a los egipcios que morir en el desierto?


No tengáis miedo

Los israelitas, muertos de miedo, porque eran perseguidos por el faraón, como los discípulos, de los que se dice que tenían las puertas atrancadas por miedo a los judíos, que ocupan ahora el lugar del antiguo faraón. Son los discípulos, sin nombrar a ninguno en concreto, aunque clandestinos, como José de Arimatea de quien se dice que era discípulo de Jesús, pero clandestino por miedo a los dirigentes judíos cuando fue a rogar a Pilato que lo dejase quitar el cuerpo de Jesús, o como Nicodemo, su acompañante, aquel que, al principio, había ido a verlo de noche, y ahora llevaba cien libras de una mezcla de mirra y áloe para embalsamar el cuerpo de Jesús y darle una sepultura digna (Jn 19,38). Miedo y clandestinidad es la marca del grupo de discípulos tras la crucifixión de Jesús.


El miedo es un sentimiento de desconfianza que impulsa a creer que va a suceder algo negativo; produce angustia, que se traduce en aumento de la presión cardíaca, descenso de la temperatura corporal, con palpitaciones del corazón, dilatación de las pupilas y aumento del tono muscular llegando al agarrotamiento.


El miedo tiene dos caras: una, positiva, pues ayuda a evitar un peligro que se considera inminente; en el caso de los discípulos, el miedo les lleva a encerrarse para no correr la misma suerte de Jesús por parte de las autoridades judías; otra, negativa, pues impide a la persona llevar una vida normal y la encierra y separa de los demás. El miedo incomunica y nos aísla de los otros.


Con anterioridad a esta escena, el ángel había dicho a las mujeres que habían ido a la tumba de Jesús: -Vosotras, no tengáis miedo. Ya sé que buscáis a Jesús el crucificado; no esta aquí, ha resucitado, como tenía dicho. Venid a ver el sitio donde yacía… (Mt 28,5-6). No tengáis miedo es una frase que Jesús dijo a los discípulos cuando lo vieron venir andando por el mar (Mt 14,27) o en el monte de la transfiguración cuando Jesús los invitó a seguir hasta Jerusalén (Mt 17,7) o cuando se dejó ver a las mujeres:-No tengáis miedo; id a avisar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán (Mt 28,10). No tengáis miedo es una frase que se repite hasta 7 veces en los evangelios.

Paz con vosotros

Y en aquella situación de miedo y enclaustramiento de los discípulos dice el evangelista que llegó Jesús, haciéndose presente en el centro y les dijo: -Paz con vosotros. Y dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos sintieron la alegría de ver al Señor (Jn 20,20).


La alegría –incompatible con el miedo- es la reacción de los discípulos al oír ese saludo de paz, con el que Jesús les confirma que ha vencido al mundo y a la muerte, mostrándole los signos de su amor y de su victoria: las manos y el costado taladrados. El que ahora está vivo es el mismo que murió en la cruz; es el Cordero de Dios, el de la Pascua nueva y definitiva, cuya sangre los libera de la muerte como liberó de la muerte a los primogénitos de los israelitas en el libro del Éxodo (Éx 12,12ss.). Pero la liberación del miedo tendrá lugar solo si, como decía Jesús en la cena, comen su pan-cuerpo y beben su vino-sangre, esto es, si se asimilan a este, practicando un amor como el de Jesús, hasta estar dispuestos a dar la vida, para dar vida.


Paz es el saludo, y alegría, la reacción a este. En hebreo “paz” se dice shalom. Esta palabra no se ajusta ni al griego eirênê, ni al latino pax, ni al castellano paz. El Diccionario de María Moliner define la paz, en primer lugar, como “situación en la que no hay guerra o lucha”; en segundo, la considera sinónimo de “tranquilidad” definiéndola como “ese estado de ánimo en cualquier sitio o situación cuando no hay lucha o intranquilidad de ninguna clase". Para los orientales, sin embargo, esta palabra se carga con frecuencia de un denso contenido: indica la dimensión elemental de la vida humana, sin la cual esta pierde gran parte, si no todo, su sentido, y que se puede traducir con la expresión “tener suficiente” o con los términos “fortuna, bienestar, totalidad, plenitud”. La paz así entendida designa todo aquello que forma parte de una vida sana armónica y ayuda al pleno desarrollo de las fuerzas de un espíritu sano.


A continuación, Jesús repite el saludo: -Paz con vosotros. Igual que el Padre me ha enviado a mí, os envío yo también a vosotros. Y dicho esto sopló y les dijo: -Recibid Espíritu Santo. A quienes dejéis libres de los pecados, quedarán libres de ellos; a quienes se los im­putéis, les quedarán imputados (Jn 20,23).


Ya sin miedo y con alegría, los discípulos deberán abrir las puertas que los mantenían encerrados y comenzar la misión por el mundo. Para ello Jesús sopla sobre ellos, como Dios sopló sobre Adán en el Génesis (2,7) infundiéndoles el Espíritu Santo, el aliento de vida y amor que los capacitará para una misión en el mundo consistente en romper con el sistema injusto que lleva al ser humano a la muerte, o lo que es igual, a quitar el pecado del mundo, que no es otra cosa, sino todo aquello que impide la realización plena del ser humano, todo lo que corta alas a la vida. Habrá, no obstante, quienes no quieran este camino, y seguirán voluntariamente adheridos al sistema injusto, permaneciendo en el ámbito de la noche, de la esclavitud y de la muerte. Siempre hay quien se cierre al amor y permanece en su pecado. Triste, pero real.


Segunda escena

En esta segunda escena queda patente que Tomás no había entendido el sentido de la muerte de Jesús. Se había separado de la comunidad de discípulos, no había participado de su experiencia, no había recibido el Espíritu, ni la misión. Para Tomás, el final de Jesús era la tumba. Por eso no cree el testimonio de sus compañeros; su incredulidad lo ciega y pide una prueba a la que Jesús accede ocho días después (ocho es, de nuevo, el primer día de la semana, el día en que empezó la creación): Llegó Jesus estando las puertas atrancadas, se hizo presente en el centro y dijo: Paz con vosotros (Jn 20,26). Este saludo de paz se repite tres veces. El número tres indica lo definitivo. Jesús, al fin, se hace presente en el centro como fuente de vida, punto de referencia y factor de unidad para la comunidad.


Tomas, nombre que significa mellizo, se había mostrado con anterioridad decidido a morir con Jesús, como si de un hermano mellizo se tratase: Entonces Tomás, es decir, Mellizo, dijo a sus compañeros: -Vamos también nosotros a morir con él (Jn 11,16). Valiente respuesta de alguien que estaba dispuesto a morir, incluso consciente de que todo termina con la muerte. Y por esto, al ver a Jesús, pide pruebas para salir de su incredulidad: Como no vea en sus manos la señal de los clavos y, además, no meta mi dedo en la señal de los clavos y meta mi mano en su costado, no creo (Jn 20,25).


Tomás, sólo volverá a la comunidad de Jesús de la que se había separado, tras oír de nuevo este saludo de paz de Jesús que lo invita a constatar que el que había muerto, ahora vive: Trae aquí tu dedo, mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel. Magnifico reproche de Jesús que pronuncia a continuación una bienaventuranza dirigida a todos nosotros: Dichosos los que, sin haber visto, han creído. La experiencia de Tomás –todo un lujo, diríamos- no es modelo. Jesús se la concede para evitar que se pierda, pues a Jesús ya no se le encuentra a no ser en la nueva realidad de amor que existe en la comunidad. A partir de ahora, la experiencia de ese amor sin pruebas (“sin haber visto”) es la que conducirá a sus seguidores a la fe en un Jesús, vivo y presente en el seno de una comunidad, que se reúne el octavo día o primer día de la semana, el día del Señor, para recordar en la eucaristía su muerte y resurrección.


Al final, Tomás se rinde y exclama “Señor mío y Dios mío”, confesión tan extrema como su incredulidad anterior. El “Señor” es el que se ha puesto al servicio de los suyos hasta la muerte (Jn 13,5.14), y dando la vida ha llegado al culmen de su condición humana. Tomás ve en Jesús la culminación del proyecto divino sobre el ser humano y lo toma por modelo (“Señor mío”).


“Señor” es un título que se aplica a Dios en el Antiguo Testamento; pero también era título habitual para designar a las divinidades del mundo griego e incluso al emperador divinizado. “Dios mío” es la primera vez que se llama Dios a Jesús, indicando con ello su plena identificación con su Padre Dios: el Padre y yo somos uno (Jn 10,30.38; 14,10.11).


Personalmente, analizando el lenguaje de estas apariciones, no creo que tuvieran lugar históricamente como las describe el evangelista. Su lenguaje remite al Antiguo Testamento y están cargadas de símbolos. Ningún otro evangelista las refiere, ni ningún historiador dejó constancia de ellas. Más bien fue la comunidad cristiana primitiva la que las ideó, para expresar gráficamente la fuerte experiencia interior que, en comunidad, habían tenido los discípulos de Jesús tras su muerte, convencidos de que “el que había sido injustamente ajusticiado” no podía quedar atrapado por la fría losa de una tumba, sino que Dios se lo había llevado con él, dándole una nueva vida sin semilla de muerte, ratificando con su fe que el que había muerto, vivía. De lo que darían sobrado testimonio en la misión por el mundo.


Miedo

No puedo terminar este comentario sin hacer una doble reflexión a raíz de este evangelio. Nuestro mundo se encuentra en la actualidad como este grupo de discípulos, atrapado por el miedo y la inseguridad, tras la pasión que sufre ahora el pueblo ucranio con la invasión de Putin.


̶ Miedo porque estamos ante el mayor conflicto en Europa desde el final de las guerras yugoslavas y puede que desde la II Guerra Mundial.

̶ Miedo debido al alza de los precios de la energía que produce una alta inflación, desconocida desde hace años.

̶ Miedo por los problemas que pueden venir, no solo a Europa sino al mundo entero, de suministro de materias primas. Rusia (en primer lugar) y Ucrania (en el quinto) son dos de los principales productores globales de trigo. Juntos suman cerca del 30% de las exportaciones mundiales del grano. El impacto de esta guerra podría poner en peligro la cadena de suministro de un cereal básico que ya cotiza a sus mayores niveles en una década. Esta subida se ha replicado en otros alimentos, como la soja, la cebada o las semillas de girasol, que, a su vez, afectan también a la ganadería. Y esto afectará especialmente a los países pobres.

̶ Miedo a las dificultades del mercado de alimentos debido a que la mayoría de los fertilizantes más utilizados en el mundo requieren de gas o petróleo para su elaboración. Rusia, por ejemplo, es el principal proveedor de energía de la Unión Europea, que le compra un 46,7% del carbón que gasta, un 40 % del gas natural y un 27 % del petróleo. Por estas importaciones, según Borrell, Europa había pagado hasta el 7 de Abril a Rusia más de 35.000 millones de euros desde que comenzó la guerra”. Hasta esa fecha había dado solo 1.000 millones a Ucrania.

̶ Miedo ante un hipotético –pero amenazante- uso de armas nucleares para poner fin a la guerra.

̶ Miedo ante un futuro que se presenta muy incierto cuando se comenzaba a superar la pandemia y que va a forzar a un rearme cuando soñábamos ya con un mundo sin guerras.

̶ Miedo, en definitiva, que puede partir de nuevo el mundo en dos bloques antagónicos con países de régimen autoritario como Rusia y China entre otros, frente a regímenes democráticos y defensores de la Carta de Derechos Humanos (aunque esta no siempre se lleve adecuadamente a cabo dentro de estos países).

Con la invasión de Ucrania por Putin, nada volverá a ser igual. Habrá que comenzar a coser de nuevo los retazos de un mundo que ha saltado por los aires. Ojalá que me equivoque.

PAZ: ¿UNA PAZ IMPOSIBLE?

Ante el miedo de los discípulos, Jesús les ofreció paz, una paz que si miramos el mundo está quebrada no solo en Ucrania, sino en múltiples países con guerras y conflictos militares, como ha dejado constancia Francisco en el discurso de la Bendición Urbi et Orbi el domingo de resurrección.


En este pidió "para que los responsables de las naciones escuchen el grito de paz de la gente" y "que oigan esa inquietante pregunta que se hicieron los científicos Rusell y Einstein en un manifiesto el 9 de Julio de 1955 para pedir un desarme en vista del peligro nuclear derivado de la Guerra Fría”, peligro que hoy se ha reavivado con las variadas alusiones al conflicto nuclear por parte del genocida Putin.


Francisco mencionó además "a las numerosas víctimas ucranianas, a los millones de refugiados y desplazados internos, a las familias divididas, a los ancianos que se han quedado solos, a las vidas destrozadas y a las ciudades arrasadas". También habló de América Latina, que, tras la pandemia, en algunos casos "ha visto empeorar sus condiciones sociales, agravadas además por la criminalidad, la violencia, la corrupción y el narcotráfico". Pidió también la paz para Oriente Medio y el conflicto endémico palestino israelí, hoy reavivado una vez más, y para el continente africano, con tantos conflictos armados y para Canadá para que "el Señor Resucitado acompañe el camino de reconciliación que está siguiendo la Iglesia Católica canadiense con los pueblos indígenas", en referencia a los casos de abusos, torturas y maltratos a los niños de los pueblos originarios en los internados católicos por orden del gobierno canadiense en los llamados procesos de asimilación.


Francisco aludió también “a las consecuencias de las guerras: desde los lutos y el drama de los refugiados, a la crisis económica y alimentaria de la que ya se están viendo señales". Y pidió que "ante los signos persistentes de la guerra, como en las muchas y dolorosas derrotas de la vida, Cristo, vencedor del pecado, del miedo y de la muerte, nos exhorta a no rendirnos frente al mal y a la violencia".


Larga lista de guerras y conflictos, muchos de ellos silenciados. La paz a escala universal se presenta como una utopía a la que hay que tender, más que como una realidad ya experimentada.


Por eso Francisco terminó su discurso diciendo: "¡Dejémonos vencer por la paz de Cristo! ¡La paz es posible, la paz es necesaria, la paz es la principal responsabilidad de todos!".


Ojalá que así sea en los más que difíciles tiempos que vienen para la humanidad…

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