¡Milagros, no!… Un poco de amor

Actualizado: 26 ene

Segundo domingo del tiempo ordinario


Primera lectura: Isaías 62, 1-5 Salmo responsorial: Salmo 95 Segunda Lectura: 1 Corintios 12, 4-11

EVANGELIO Juan 2, 1-11


¡Milagros, no!…

Un poco de amor

16 de Enero de 2022

Santuario de Caná de Galilea.


Nota: Si prefieres oír el texto del comentario que sigue, haz click aquí.


Al tercer día hubo una boda en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús; y fue invitado Jesús, como también sus discípulos, a la boda.

Faltó el vino, y la madre de Jesús se dirigió a él: -No tienen vino.

Jesús le contestó:-¿Qué nos importa a mí y a ti, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.

Su madre dijo a los sirvientes: -Cualquier cosa que os diga, hacedla.

Estaban allí colocadas seis tinajas de piedra destinadas a la purificación de los Judíos; cabían unos cien litros en cada una.

Jesús les dijo:-Llenad las tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba.

Entonces les mandó:-Sacad ahora y llevadle al maestresala. Ellos se la llevaron.

Al probar el maestresala el agua convertida en vino, sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), llamó al novio y le dijo: -Todo el mundo sirve primero el vino de calidad, y cuando la gente está bebida, el peor; tú, el vino de calidad lo has tenido guardado hasta ahora.

Esto hizo Jesús en Caná de Galilea, como principio de las señales, manifestó su gloria, y sus discípulos le die­ron su adhesión.


¿Quién no ha oído hablar de la boda de Caná? Pero ¿hemos leído con detención este relato para ver lo que dice exactamente? Da la impresión de que los comentaristas y la imaginación popular ‑que quiere ver cosas prodigiosas por todos sitios- se han quedado en la superficie. Casi todo lo que ahí se narra es extraño y es que los evangelios son como una caja de sorpresas, como constatamos ya con ocasión del día de Reyes o domingo de Epifanía.


Los estudiosos de los milagros de Jesús consideran este episodio de la conversión del agua en vino como un “milagro de naturaleza”, consistente en transformar una realidad material en otra –el agua en vino-, parecido en dificultad a otros que dicen que hizo Jesús como multiplicar los panes y los peces, alterar un proceso de la naturaleza calmando una tempestad con la sola voz o caminar por las aguas sin hundirse...


Estos estudiosos clasificaban los milagros del evangelio en grupos, de menos a más, según la dificultad que podía entrañar su realización. Así hablaban de “curaciones y exorcismos”, -los más fáciles y frecuentes-; de resurrecciones de muertos (mejor llamarlas “reanimaciones de cadáveres”, pues estos muertos volvían a la vida anterior, pero no a una vida sin semilla de muerte), -más escasos que los anteriores-, y, finalmente de “milagros de naturaleza”, -los más complejos-. Según esta clasificación vigente desde Santo Tomás de Aquino casi hasta nuestros días, el milagro de la boda de Caná sería uno de los milagros mayores realizados por Jesús.


Entendido al pie de la letra, como si se tratase de algo realmente sucedido, este relato carece de lógica o coherencia interna. Casi todo lo que ahí se narra resulta extraño:

-Llama la atención, en principio, que unos novios no calculen el vino necesario para su fiesta de boda -una fiesta sin vino abundante no es tal-, y resulta llamativo más todavía que el maître o maestresala, encargado del banquete, no se diera cuenta de esta falta y que tuviera que ser precisamente una invitada, María, la que constatara la angustiosa situación.

-Sorprende que Jesús, siempre atento a las necesidades del prójimo, responda a su madre con unas palabras que pueden sonar a descortesía o falta de interés por resolver el problema: “¿Qué nos importa a mí y a ti, mujer? Todavía no ha llegado mi hora”, responde a su madre, a la que además llama “mujer”, a secas.

-Y causa extrañeza, por lo demás, que, en el lugar donde se celebraba la boda, hubiera seis descomunales tinajas de piedra, de unos cien litros cada una, destinadas a los ritos de purificación de los judíos.

-Por último, sorprende el hecho de que Jesús mande llenarlas de agua y, luego, ordene a los sirvientes sacar agua para que estos la llevaran al maestresala, y que éste, al probarla, viese que se trataba de vino de calidad. Sin pararse a investigar más, ni corto ni perezoso, el maestresala reprocha al novio el hecho de haber reservado el vino de calidad para última hora, justo lo contrario de lo que se suele hacer.

-Y finalmente, llama la atención que el milagro de la “conversión del agua en vino” no fuese citado por ningún otro evangelista, ni por el resto de los autores del Nuevo Testamento, y que ni uno siquiera de los historiadores de tiempos de Jesús –como Flavio Josefo- comentase semejante fantástico acontecimiento.

Pero ¿se trata realmente de un milagro obrado por Jesús? Porque el evangelista no lo llama “milagro”, pues concluye el relato con estas palabras: “Esto hizo Jesús como principio de las señales en Caná de Galilea”.

Pues bien, sinceramente creo que lo que aquí se narra no es tanto un aparatoso milagro cuanto “el principio de las señales”, el comienzo de algo nuevo y distinto que Jesús inauguraba y que el evangelista expresa gráficamente como si se tratase de un hecho realmente sucedido.


Para entender lo que ahí se refiere, debemos situarnos en el universo de imágenes y símbolos de la Biblia, donde “agua, vino y boda” son signos o señales de otras realidades conocidas por los judíos: Veámoslo.


“Agua”.

La religión judía había llegado en tiempos de Jesús a una gran degradación. El profeta Isaías, entre otros, había descrito la relación de Dios con su pueblo en clave de pareja de enamorados con estas palabras: “Como un joven se casa con una doncella, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa la encontrará tu Dios contigo”- (Is 62,5; véase también 54,1-8; Jr 2,2; Ez 16,8.60-63; Os 2,16.20-22). Pero, para conseguir ese tipo de relación amorosa con Dios, los fieles judíos tenían que cumplir nada menos que 613 mandamientos –de los que 248 eran positivos y 365 negativos-. Y como tanto mandamiento resultaba imposible de cumplir y como, además, cualquiera podía cometer pecado y caer en impureza sin ni siquiera darse cuenta, los fieles vivían constantemente en la incertidumbre de no saber si estaban o no a bien con Dios, aumentando cada día más su sentido de culpa, que los alejaba de Dios.


Para liberarse de la culpa sentían la necesidad de participar cuantas más veces mejor en las ceremonias que se celebraban en el templo para pedir perdón al Señor y de realizar en casa una y otra vez los ritos y lavados de purificación prescritos en las leyes religiosas.


La centralidad de estos ritos de purificación viene reflejada en esas seis tinajas de unos cien litros de capacidad cada una, colocadas en el centro -¡seiscientos litros nada menos!-, destinadas a contener agua “para las purificaciones de los judíos”. Pero, ¡ironías de la vida!: aquellas tinajas estaban vacías, o lo que es igual, aquella religión no servía ni siquiera para purificar al pueblo de sus pecados y recuperar la relación de amor con Dios.

“Vino”.

El segundo elemento cuyo alcance simbólico debemos considerar es el vino.

Para el final de los tiempos había anunciado el profeta Isaías que Dios daría “un festín de manjares suculentos y de vinos de solera” (Is 25,6). El vino era el símbolo del amor entre los esposos: “Son mejores que el vino tus amores” dice el Cantar de los Cantares, un libro de enamorados que habla del idilio de Dios con su pueblo, y añade: “Tu boca es vino generoso” (7,10), “te daré a beber vino aromado” (8,2).


Pues tampoco lo del vino como símbolo del amor entre Dios y su pueblo funcionaba, porque en aquella boda, faltó y las tinajas inmensas que había ni siquiera tenían agua, pues estaban vacías.

“Boda”

En la Biblia, con la imagen de la boda se representa la alianza o el pacto de amor y de fidelidad entre Dios y el pueblo. Mientras que la antigua alianza estaba basada en unas tablas de piedra, las tablas de la Ley o los diez mandamiento, -‑de piedra son también las tinajas-‑, la nueva alianza -‑la boda de Dios con el pueblo que lidera Jesús- no se basará ya en la Ley, ni en el cumplimiento de tantos mandamientos, sino en el amor, verdadero vino que hace soñar otra vida.


En Caná, Jesús anunció al maestresala, dándole a probar el vino, la sustitución definitiva del agua‑Ley por el vino‑Amor, de la Antigua por la Nueva Alianza. La hora definitiva de esta sustitución tendría lugar en la cruz, donde el vino‑Sangre de Jesús acabaría para siempre con el agua-Ley, instaurando entre sus seguidores para siempre el amor como único y definitivo mandamiento frente a los 613 mandamientos de la Ley antigua, imposibles de cumplir.


Toca hoy a la comunidad cristiana –y a cuantos quieran sumarse a esta tarea, sean cristianos o no-, hacer posible que no falte el vino del amor en nuestra sociedad donde reina tanta soledad, tanto desamparo, tanto descarte, tanta exclusión… “Una sociedad –como escribe el teólogo Juan José Tamayo en su libro La compasión en un mundo injusto- en la que “impera la injusticia estructural, avanza a pasos agigantados la desigualdad y sufrimos la pérdida de la compasión. Una sociedad en la que los progresos tecnológicos no se corresponden con el progreso en los valores morales de solidaridad, fraternidad-sororidad, justicia, igualdad y libertad, como tampoco el crecimiento económico ha terminado con la eliminación de la pobreza”.


Urge suplir entre todos –cada uno en la medida de sus posibilidades - esta terrible carencia de vino-amor que ha echado del banquete de la vida a una inmensa mayoría de ciudadanos de nuestro mundo.


No hacen falta milagros aparatosos. Solo un poco de amor, que cada uno debe poner en el entorno en que vive. Será la única manera de hacer de esta vida una fiesta de boda, en la que no falte el vino, abriendo nuestro mundo a un futuro fecundo y esperanzador. Ardua –pero necesaria y urgente- tarea que tenemos por delante.



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