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Nos han robado a María


Fiesta de la Inmaculada Concepción


Primera lectura: Génesis 3, 9-15. 20.

Salmo 97.

Segunda lectura: Carta a los efesios 1,3-6.11-12


EVANGELIO

Lucas 1,26-38.


Nota: Si prefieres oír el texto del comentario que sigue, haz click aquí.


Nos han robado a María

8 de diciembre de 2022

Basílica de la Anunciación. Nazaret.


A los seis meses envió Dios al ángel Gabriel a un pueblo de Galilea que se llamaba Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamadoJosé, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.


Entrando adonde es­taba ella, el ángel le dijo: -Alégrate, favorecida, el Señor está contigo.


Ella se turbó al oír estas palabras, preguntándose qué saludo era aquél


El ángel le dijo: -No temas, María, que Dios te ha concedido su favor. Mira, vas a concebir en tu seno y a dar a luz un hijo y le pondrás de nombre Jesús. Este será grande, lo llamarán Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el trono de David su antepasado; reinará para siempre en la casa de Jacob y su reinado no tendrá fin.


María dijo al ángel: -¿Cómo sucederá eso, si no vivo con un hombre?


El ángel le contestó: -El Espíritu Santo bajará sobre ti y la fuerza del Altí­simo te cubrirá con susombra; por eso al que va a nacer lo llamarán ‘Consagrado’ e ‘Hijo de Dios’. Y mira, también tu pariente Isabel, en su vejez, ha concebido un hijo; la que decían que era estéril está ya de seis meses, porque para Dios no hay nada imposible (Gn 18,14).


Respondió María: -Aquí está la sierva del Señor, cúmplase en mi lo que has dicho.


Y el ángel la dejó.


Hace muchos años publicamos en Ediciones El Almendro de Córdoba un libro de Alberto Maggi, miembro del grupo de Juan Mateos, titulado “Nuestra Señora de los herejes. María y Nazaret”, cuya finalidad era situar a María en el contexto de su época. Ese libro ha sido reimpreso recientemente por la Editorial Herder de Barcelona.


Y se me ha ocurrido hoy, día de la “Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen María”, tomar algunas de sus citas que nos pueden ayudar a comprender lo mucho que ha influido negativamente la figura de la mujer tal como se concebía en tiempos del Antiguo y Nuevo Testamento y en los escritos de los rabinos más o menos contemporáneos a Jesús de Nazaret.


Nos han robado a María

“De la madre de Jesús, -comenta el autor-, se han adueñado los movimientos más retrógrados y reaccionarios, haciendo de ella la abanderada de reivindicaciones oscurantistas, antievangélicas y anti-eclesiales. Estos han conseguido camuflar la figura de María que emerge del Evangelio, magnífica y fuerte... en la estúpida “dulce mamá celeste” de los visionarios; una señora que, con halagos o amenazas, invita siempre a volver con rigor a tradiciones, ritos y prácticas ya momificadas... A lo largo de los siglos, la límpida figura de María de Nazaret ha sido contaminada por una lluvia de seudo-apariciones. Según un clisé ya rancio, trivial y repetitivo, estas presentan una virgen trotamundos, siempre muy locuaz que, apareciendo unas veces aquí y otras allá, confía misterios y secretos a personas de toda clase; personas que quizá necesitarían un buen psiquiatra. Estas vírgenes, que las hay de todos los títulos, siempre dispuestas a derramar ríos de lágrimas (¡mejor si son de sangre!), amenazan con castigos espantosos sobre la humanidad, a la que siempre califican de corrompida, malvada y descreída...”.


Si comparamos la figura de María tal y como aparece en la religiosidad popular –muchas veces un buen pretexto para organización de romerías, procesiones y otras fiestas- casi nada tiene que ver con la María del evangelio, de la que sabemos realmente muy poco, por los escasos datos que dan de ella los evangelistas.


La mujer en tiempos de María

No eran fáciles para las mujeres aquellos tiempos en los que había una clara aversión hacia todo lo relativo a estas: “El mundo no podría existir sin varones y hembras, pero ¡feliz aquel cuyos hijos son varones! y ¡ay de aquel cuya descendencia son hembras”, sentencia el Talmud, que es el conjunto de la ley oral judía, puesta por escrito y que consta de dos partes, la Misná y su comentario, la Gemara.


En aquella cultura, “mientras los hijos varones eran una bendición divina, el nacimiento de una niña era signo de castigo. El varón es siempre una bendición -dos nuevos brazos, fuerza y trabajo-, pero una mujer es una secreta inquietud, la preocupación por ella aleja el sueño”, afirma el libro del Eclesiástico (42,9). Y la Misná, (que es el compendio oral de todas las tradiciones judías, no recogidas en la Sagrada Escritura), al referir las discusiones de los rabinos sobre la obligación de los padres de alimentar a sus hijas, sentencia que “el padre no está obligado a alimentar a su hija” ( (Jet. M. 4,6). En aquella cultura, “el nacimiento de una niña era causa de tristeza, hasta el punto de que, para conjurarlo, cuando se producía la concepción, el varón debía rezar con fervor (desde el tercer día hasta el cuadragésimo), implorando de la misericordia divina el nacimiento de un varón y, cuando llegaba la hora del parto, intentaba aliviar el dolor de la parturienta diciéndole: “No temas, que será varón” (Ber B.9,60a; r.82,8).


La Biblia, no solo los rabinos, discrimina claramente el sexo del recién nacido. El libro del Levítico (12,2-5) prescribe: “El Señor habló a Moisés: Di a los israelitas: Cuando una mujer conciba y dé a luz un hijo, quedará impura durante siete días, como en la impureza por menstruación. El octavo día circuncidarán al hijo, y ella pasará treinta y tres días purificando su sangre: no tocará cosa santa ni entrará en el templo hasta terminar los días de su purificación. Pero si da a luz una hija, quedará impura durante dos semanas, como en la menstruación, y pasará sesenta y seis días purificando su sangre”. Doble tiempo del estado de impureza ritual y de purificación en la mujer cuando se trataba de una hembra.


En tiempos del profeta Ezequiel (Ez 16,5) existía un remedio usual –además de legal- para superar la tristeza que produce el nacimiento de una hembra: por la noche se abandonaba a la recién nacida en una esquina, junto a los montones de basura o en campo abierto, vieja costumbre ya practicada en la antigua Grecia y que se ha perpetuado en nuestra cultura llamando “expósitos” a los niños recogidos en la calle, abandonados de sus padres.


El Talmud presenta esta visión negativa de la mujer al tratar de explicar por qué Dios creó a la mujer de una costilla de Adán (Gn 2,21-22). Dice así: “Al crear a Eva, está escrito que Dios ‘meditó’ porque pensaba que debía crearla. Dijo: -No la crearé de la cabeza, para que no se ensoberbezca; ni del ojo, para que no esté ansiosa de ver; ni de la oreja, para que no sienta curiosidad de escuchar; ni de la boca, para que no sea charlatana; ni del corazón para que no sea celosa; ni de la mano, para que no toque todo lo que tenga a mano; ni del pie, para que no sea una andorrera; sino de un lugar que está escondido en el hombre, esto es, de la costilla, y que, incluso cuando el hombre está desnudo, queda cubierto. Por cada miembro que le formaba, Dios le decía: Sé una mujer modesta, sé una mujer modesta...


Evidentemente que, de este modo, se referían los rabinos a los defectos más comunes de las mujeres. Tal vez en estos y otros textos de la cultura hebrea estén las raíces del papel que nuestra sociedad patriarcal, regida por varones, ha asignado a la mujer a lo largo del tiempo y que tanto ha influido en su rol durante siglos.


El honor y el pudor

El cristianismo, además, heredó del helenismo las dos notas distintivas de la pareja: el honor, virtud por excelencia del varón, y el pudor, distintivo principal de la mujer. Y con este criterio, la mujer quedó por siglos recluida al espacio de la vida privada, a las tareas de la casa y a los cuidados, mientras que los varones ocupaban el de la vida pública, hasta el punto de que un hombre público era considerado aquel que desempeña un cargo en la sociedad y una mujer pública equivalía a designar a una prostituta.


En tiempos de Jesús, la mujer se definía como esposa y madre, -en el caso de María como “esposa, madre y virgen”, ¡más difícil todavía!-‑, debiendo desarrollar su trabajo, sola y exclusivamente en el ámbito familiar y casero, a la sombra del varón.

María vivió en ese ambiente patriarcal y su figura no debe ser imitada en modo alguno como modelo de mujer de la que siempre se ha ensalzado en nuestra cultura la modestia y recato en la mirada, así como la sumisión al marido, dueño y señor, y el cuidado de los miembros de la familia.

María no luchó, que sepamos, contra este vergonzoso patriarcado que redujo a la mujer al espacio de la casa. “Sin derechos civiles, consideradas más como cosas que como personas, siempre asociadas a las otras dos categorías subhumanas de aquel tiempo (esclavos y niños), las mujeres no formaban parte de la lista de personas para las que se pide a Dios la bendición; estaban dispensadas de la obligación de recitar la gran oración judía, el Shemá, de llevar filacterias en los brazos con frases de la Biblia como los varones, y del cumplimiento de todos los preceptos positivos; ni siquiera estaban obligadas a peregrinar a Jerusalén en las grandes fiesta del año. Incluso en la sinagoga estaban separadas de los hombres”. Eran seres marginados de la vida civil y reducidas al espacio doméstico y de los cuidados.


Ya no hay más judío ni griego; esclavo ni libre, varón o hembra

Este modo de mirar a la mujer se ha basado durante siglos en estos y otros textos bíblicos y rabínicos, de los que pretenden seguir apropiándose hoy las fuerzas conservadoras, con el intento de devolver a la casa y al espacio de la familia y de los cuidados –como expresión de la voluntad de Dios- a la mujer que, sin embargo, lucha hoy por conseguir la igualdad total con el varón, de hecho y de derecho, escalando –ya era hora- aunque lentamente, el papel que le corresponde en la sociedad, un papel en el que, como bien dijo Pablo en la carta a los Gálatas (3,28), se preconiza la igualdad radical entre todos los seres humanos: “Ya no hay más judío ni griego; esclavo ni libre, varón o hembra, pues vosotros hacéis todos uno, mediante el Mesías Jesús; y, si sois del Mesías, sois por consiguiente descendencia de Abrahán, herederos conforme a la promesa”.


Tal vez hoy, día de la “Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen María”, no debamos insistir demasiado en su carácter de “Inmaculada” o en su “virginidad”, difíciles de entender para la mentalidad moderna, pues son notas que pertenecen más bien al campo de lo mítico. En el caso de la Inmaculada, a una interpretación tradicional del Génesis por la que todos –menos Jesús y María- nacemos con el pecado original –concepto este que también debe revisarse- y en el caso de la virginidad de María como el estado más sublime del ser humano. Esto resultaba antes más fácil de entender, en épocas en las que todo lo relativo al sexo tenía carácter de turbio, identificado con los así llamados bajos instintos, y se daba por supuesto que todos nacemos marcados con ese “pecado original” de nuestros primeros padres en el jardín del paraíso.


La fe de una joven casadera

Hoy, día de la Inmaculada –dogma este que tampoco hace ningún bien al ecumenismo o entendimiento entre las distintas confesiones cristianas- debemos resaltar de María la fe de una joven muchacha, en edad de casarse, que supo decir sí al designio que Dios tenía sobre ella y que estuvo, junto con otras mujeres al pie de la cruz como testigo de su muerte.

En esto sí que sigue siendo María modelo de mujer y modelo de creyente. Pero poco más podemos decir acerca de su comportamiento y estilo de vida, a pesar de las innumerables tradiciones de todo tipo que ha generado su figura con el correr del tiempo, la mayoría de ellas sin base ni fundamento en los textos del Nuevo Testamento. La piedad popular ha alimentado con frecuencia incluso un culto a María que imita al dedicado a las diosas de primavera de la cultura griega y que hace incluso sombra a Jesús, haciéndolo pasar a segundo plano.


De todas las imágenes de María, tal vez la que haya hecho más daño haya sido la de reducirla al espacio de lo privado, de la casa y de los cuidados en una sociedad patriarcal en la que el varón, injustamente, ha llevado siempre la voz cantante.


La lucha de la mujer por la igualdad

En nuestro mundo de hoy esto resulta ya intolerable, pues la mujer lucha por llegar a ser plenamente mujer en igualdad con el varón, para lo que hay que acabar con la brecha salarial que la discrimina frente a los varones, con el techo de cristal que resulta difícil de romper incluso en profesiones como la Judicatura o la Sanidad en las que las mujeres son mayoritarias, con los trabajos más precarios reservados a ellas por ser mujeres, con la feminización de la pobreza que les ataca más que a los varones, con la violencia machista que mata cada año a tantas mujeres, con el acoso que, con frecuencia, padecen y con la imposibilidad de la conciliación de la vida laboral con la familiar.


El feminismo ha cogido vuelo en las redes; colectivos jóvenes han tomado la palabra; las mujeres de sectores profesionales de todo tipo expresan su hartazgo ante la falta de medidas reales para que las leyes, que en muchos países son igualitarias, se hagan realidad, configurando una sociedad en la que hombre y mujer se sitúen al mismo nivel.


Es verdad que la situación no es igual en todos los países. En unos hay que luchar por lograr una justicia básica para las mujeres; en otros por convertir la igualdad legal en real. Y no solo en la sociedad, porque dentro de la Iglesia es urgente que la mujer ocupe un puesto digno en paridad con los varones, teniendo esta acceso a los cargos y funciones que estos desempeñan.


Tal vez en esta línea deba ir nuestra reflexión en el día de la “Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen María”, dogma que, como he dicho, también debe ser seriamente revisado y reinterpretado, si no queremos convertir el cristianismo en pura arqueología.


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Nota:

Para completar y enriquecer el comentario de hoy, puede leerse el capítulo 3 de la obra Nuestra Señora de los herejes. María y Nazaret de Alberto Maggi (Herder, Barcelona 2020).


Otras reflexiones con ocasión de festividades de María pueden leerse en estos enlaces:

https://www.ibicla.org/post/una-israelita-fiel

https://www.ibicla.org/post/modelo-de-mujer


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La otra lectura de los evangelios

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