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¿Un mundo pospobreza?


Cuarto Domingo de Adviento


Primera lectura: Isaías 7, 10-14.

Salmo 23.

Segunda lectura: Carta a los Romanos 1,1-7

EVANGELIO

Mateo 1,18-24


Nota: Si prefieres oír el texto del comentario que sigue, haz click aquí.


¿Un mundo pospobreza?

18 de diciembre de 2022

Baptisterio judeo-cristiano. Cripta de la Iglesia de San José en Nazaret.


Así nació Jesús el Mesías: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que es­peraba un hijo por obra del Espíritu Santo. Su esposo, José, que era hombre justo y no quería infamaría, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas tomó esta resolución, se le apareció en sueños el ángel del Señor, que le dijo:


-José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte contigo a María, tu mujer, porque la criatura que lleva en su seno viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás de nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.


Esto sucedió para que se cumpliese lo que había di­cho el Señor por el profeta: Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán de nombre Emanuel (Is 7,14) (que significa «Dios con nosotros»).


Cuando se despertó José, hizo lo que le había dicho el ángel del Señor y se llevó a su mujer a su casa; sin ha­ber tenido relación con él, María dio a luz un hijo y él le puso de nombre Jesús.


Un relato sorprendente

El fragmento del evangelio de Mateo (1,18-25), que se lee hoy en las iglesias, resulta extraño y sorprendente, aunque tal vez nos parezca algo normal, debido a que estamos acostumbrados a oírlo sin ningún tipo de planteamiento crítico. Si creemos que reproduce hechos históricos hay que decir que no es una historia como la que escriben hoy los historiadores, sino lo que podríamos llamar “mito-historia”, o sea, una combinación entre mito e historia, pues lo que se cuenta no es en modo alguno normal, porque interviene Dios nada menos que enviando a un ángel como mensajero para anunciar a José en sueños que una muchacha en edad casadera –una virgen-, María, tendrá un hijo de un modo un tanto peculiar, por obra del Espíritu Santo, sin intervención de varón.


Así a simple vista puede parecer más un cuento maravilloso que un relato histórico. Cualquier lector moderno, que no esté habituado al lenguaje bíblico, puede sentir de entrada rechazo hacia las circunstancias que concurrieron en el nacimiento de Jesús, pues lo que ahí se cuenta no es una historia, si lo entendemos al pie de la letra.


¿Un relato histórico?

Llama la atención, además, que siendo cuatro los evangelistas, solo dos -Mateo y Lucas- se preocupen del nacimiento y primeros años de la vida de Jesús, el protagonista del Evangelio. Así el evangelista más antiguo, Marcos, y el más reciente, Juan, ignoran todo lo relativo al nacimiento de Jesús. Más aún, Marcos ni siquiera nombra a José, al que el evangelista Juan le dedica dos brevísimas citas indirectas: “Jesús, hijo de José, el de Nazaret” (Jn 1,45; 6,42).


Solo los evangelistas Mateo y Lucas hablan del nacimiento de Jesús y primeros años de la vida de este, y cada uno a su modo y manera. Ambos presentan el árbol genealógico del personaje, si bien los nombres de los ascendientes de Jesús en gran parte no coinciden. Ni siquiera se ponen de acuerdo en cómo se llamaba el padre de José, el esposo de María: Elí, según Lucas (3,23) y Jacob, según Mateo (1,16). Mateo, por su parte, ignora todo lo relativo al anuncio y consiguiente nacimiento de Juan Bautista, no sabe nada de la visita de los pastores al niño, ni de la de María a su prima Isabel, ni de la escena de Jesús, a los doce años, discutiendo con los doctores en el templo. Lucas, por su parte, no conoce nada de la persecución del niño por parte de Herodes, ni de la matanza de los inocentes, ni de la visita de los magos, ni de la huida a Egipto ni del retorno de José con María y Jesús a Galilea, como refiere el evangelista Mateo.


La investigación histórico-critica por sí sola carece simplemente de las fuentes y los medios necesarios para llegar a una conclusión definitiva sobre las circunstancias que tuvieron lugar en torno al nacimiento del protagonista de los evangelios. Por lo demás, llama la atención que Flavio Josefo, historiador judío, contemporáneo a Jesús, tampoco se preocupe de la vida y obras de Jesús de Nazaret al que dedica en su extensa obra Antigüedades judías solo dos breves textos, ignorando por supuesto todo sobre el nacimiento y primeros años de la vida de Jesús.


Dado el desacuerdo entre Mateo y Lucas, la ausencia del relato del nacimiento y la infancia de Jesús en los evangelistas Marcos y Juan, así como el desinterés de Flavio Josefo por la persona de Jesús, no tenemos más remedio que decir que, desde el punto de vista histórico, tal vez no podamos afirmar casi nada del nacimiento y primeros años de su vida por falta de testimonios fehacientes de veracidad histórica.


El significado del personaje

Mateo y Lucas, sin embargo, nos dan abundantes datos de este periodo de la vida de Jesús, pero tal vez no se interesen tanto por quién fue Jesús de niño y qué hizo, cuanto por lo que significó su nacimiento para las comunidades cristianas a las que va dirigido el evangelio.


Para Mateo, Jesús, de mayor, sería el nuevo Moisés que conduciría al nuevo pueblo de Dios a la tierra prometida, la resurrección. Y para afirmar esto refiere el nacimiento de Jesús, la persecución de Herodes y consiguiente huida a Egipto con la muerte de los niños inocentes –como antiguamente el faraón de Egipto había perseguido a los hebreos en Egipto-. En Egipto, Jesús se salva de la muerte, como Moisés se salvó gracias a la hija del faraón, siendo más tarde quien sacaría a los hebreos de la esclavitud en un relato épico, para llevarlos hacia la tierra prometida, cosa que no haría este, sino Josué, nombre de idéntico significado al de Jesús.


Por su parte, Lucas centra todo el nacimiento y primeros años de la vida de Jesús en la contraposición entre Juan Bautista, el precursor del mesías, el último profeta del Antiguo Testamento y Jesús “el que tenía que venir”, el anunciado por las antiguas profecías, que cancelaría para siempre la espera del mesías por parte de los israelitas identificado con Elías, del que, por haber muerto en circunstancias extrañas y haber sido arrebatado al cielo en un carro de fuego, dio pie a la leyenda de que un día volvería.


Por lo dicho, queda claro que los evangelistas no cuentan hechos históricos relativos al nacimiento y primeros años de la vida de Jesús, héroe de sus respectivos evangelios, sino que componen, como verdaderos creadores literarios o autores, unos relatos simbólicos para decirnos qué significaba aquel Jesús para las comunidades cristianas primitivas, para sus primeros seguidores.



Las dos fases del relato: ¿Teología y/o historia?

En él hay como como dos fases: la primera –que ocupa casi todo el relato, en la que se expresa de modo simbólico, lo que Jesús significaba para sus seguidores; la segunda, que ocupa los dos últimos versículos en la que se deja constancia del nacimiento de Jesús: “Cuando se despertó José, hizo lo que le había dicho el ángel del Señor y se llevó a su mujer a su casa; sin ha­ber tenido relación con él, María dio a luz un hijo y él le puso de nombre Jesús”.


-Primera fase: ¿Teología o ginecología?

En la primera fase, las circunstancias son poco normales: María estaba desposada con José y “antes de vivir juntos resultó que esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo”. Para el evangelista, el mesías que va a nacer, Jesús, nacerá por una intervención especial de Dios en la historia. No es un hombre cualquiera.


El matrimonio entre los judíos

El matrimonio entre los judíos se celebraba en dos etapas: el compromiso matrimonial y la cohabitación. El compromiso tenía lugar a partir de los doce años en las jóvenes; doce años era la edad propicia para el matrimonio en tiempos en que la longevidad normal no superaba los cuarenta. En una inscripción de la época se habla de una mujer que murió a los treinta y cuatro años y era abuela de muchos nietos. Aproximadamente un año más tarde, a los trece, la pareja comenzaba a cohabitar. Lo que sucede sorprende porque, antes de cohabitar María, unida ya con José por el compromiso matrimonial, se encuentra embarazada. Pero la sorpresa es grande porque no es su esposo, sino el Espíritu Santo, la fuerza vital de Dios, quien la hace concebir, imagen con la que el evangelista viene a decir que el Padre de Jesús es Dios mismo. Su concepción y nacimiento no son casuales, tienen lugar por voluntad y obra de Dios. Una novedad absoluta, pues Jesús será la nueva creación de Dios, el nuevo Adán, el nuevo comienzo de la humanidad.


El caso especial de María

El caso de María, que concibe sin intervención de varón, es, por tanto, único en su género. En la mitología griega, los dioses se unen a las mujeres mediante relación sexual, como Dioniso, fruto de la unión sexual de Zeus y Sémele, la hija del rey Cadmo de Tebas. En el Antiguo Testamento se habla de concepciones en circunstancias extraordinarias por parte de algunos personajes importantes de la historia sagrada: de padres y madres ancianos como el caso de Isaac nacido de Abrahán y Sara en la ancianidad (Génesis 17,15ss), o de madres estériles como son los casos de Sansón, nacido de Manoaj y de su mujer que era estéril (Jueces 13,1ss) o de Juan Bautista, nacido de Isabel y Zacarías, los dos de edad avanzada (Lc 1,5-25).

Pero el caso de María es especial, pues no se trata de una mujer mayor o estéril, sino de una muchacha en edad casadera, esto es, de una soltera o virgen (en griego, parthenos). Y con ello se nos da a entender no tanto que María era virgen, cuanto que Jesús nace por entero de Dios, sin intervención de varón en unas circunstancias más difíciles que en el Antiguo Testamento donde algunas mujeres de personajes bíblicos, como hemos visto, daban a luz en la vejez o siendo estériles. En realidad, el relato de Mateo pertenece a la teología y no a la ginecología. El nacimiento de Jesús es ya desde el principio semejante a una nueva creación. Si recordamos en el relato de la creación del primer capítulo del Génesis -la antigua creación- "el espíritu se cernía sobre las aguas" y ahora es María la que va a tener un hijo por obra del Espíritu de Dios. En el evangelista Lucas el ángel le dice a María: El Espíritu Santo bajará sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso al que va a nacer lo llamarán “Consagrado”, “Hijo de Dios”.


El justo José

José, por su parte, tiene un nombre bien elegido. Se llama como el vizir del faraón de Egipto, el hijo del patriarca Jacob, que, vendido como esclavo por sus hermanos, es trasladado a Egipto donde prospera en la corte del faraón, pero no olvida su familia, sino que la ayuda cuando los hermanos de este acuden a Egipto en busca de trigo para remediar la hambruna que padecían en tierras de Canaán, haciéndoles venir a Egipto y, de ese modo, salvar la vida de la familia.


De José se dice que era un hombre justo o recto, esto es, un modelo de israelita fiel, que se siente obligado a cumplir la Ley que lo obligaba a repudiar a María, aparentemente culpable de adulterio; pero el amor al prójimo como a sí mismo (Mt 22,39) le impedía acusarla de infidelidad y entonces decide repudiarla en secreto, no exponiéndola a la vergüenza pública. Y es aquí donde interviene en sueños el ángel. Los sueños eran en la antigüedad bíblica el marco apto para los mensajes divinos. Y en sueños, el ángel le hace comprender que lo que va a nacer es un producto exclusivo del Espíritu de Dios en cumplimiento de la antigua profecía de Isaías: “Mira: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá de nombre Enmanuel, que significa “Dios con-entre nosotros” (Is 7,14).


Es curioso que José desaparece de los evangelios cuando Jesús comienza la vida pública. En cambio a María se le cita por su nombre repetidas veces durante la vida pública de Jesús (Mt 1,16.18.20; 2,11; 13,55; Mc 6,3; Lc 1,27.30.34.38.39.41.46.56; 2,5.16.19; 2,34; Hch 1,14;Mc 3,31; Mt 13,35; y dos más, sin citar su nombre, sino como la madre de Jesus en el relato de las bodas de Caná (Jn 2,1-11) y al pie de la cruz (Jn 19,25-27).


José y María, en todo caso, debieron de ser unos jóvenes esposos, unos más entre tantas jóvenes parejas, sin especial relieve.


La familia de Jesús

Por los evangelistas Marcos, Mateo y Lucas sabemos que Jesús tuvo hermanos (Mc 3,31-35; Lc 8,19-21); Mateo incluso nos da los nombres de los hermanos y habla de las hermanas, sin dar su nombre: “¿No es éste el hijo del carpintero? ¡Si su madre es María y sus hermanos, Santiago, José, Simón y Judas! ¡Si sus hermanas están todas con nosotros! Entonces, ¿de dónde le viene todo eso?”. Este dato histórico lo ha tratado de soslayar la tradición interpretativa de los evangelios para salvar la virginidad de María después del parto (Mt 13,35). De los padres de María, Joaquín y Ana, y de la dedicación y vida de esta desde los tres años en el templo, no tenemos constancia histórica alguna. Los evangelios apócrifos dan sobradas y fantásticas noticias de ello. Estos mismos evangelios tuvieron la indelicadeza de presentar a José, el esposo de María, como hombre de avanzada edad y barba venerable, para preservar así la virginidad de su esposa, Madre-Virgen...


-Segunda fase: Historia

Una vez desaparecido el ángel, comienza la segunda fase del relato o conclusión del mismo, que podemos considerar histórica. Pero esta fase se despacha con dos versículos nada más (Mt 1,24-25): “Cuando se despertó José, hizo lo que le había dicho el ángel del Señor y se llevó a su mujer a su casa; sin ha­ber tenido relación con él, María dio a luz un hijo y él le puso de nombre Jesús”. Un nacimiento totalmente normal.


Se llamará Jesús

José, el padre legal, al que la tradición ha llamado “putativo” por ser considerado padre, sin serlo realmente, es el encargado de poner nombre a su hijo. El nombre entre los hebreos equivale a la función que el niño va a desempeñar. Se llamará Jesús, o lo que es igual, Dios salva. Jesus va a ser la manifestación viva de Dios que va a salvar al pueblo, no del yugo de los romanos, sino de los pecados, es decir, del pasado de injusticia. “Salvar” significa “hacer pasar de un estado de mal y de peligro a otro de bien y de seguridad”; el mal y el peligro del pueblo, de aquella sociedad, como el de la nuestra XXI siglos después, son los pecados, esto es, la injusticia de la sociedad a la que todos contribuimos. Y esta será la tarea principal de Jesús, “Dios entre o con nosotros”. Una novedad radical. El que nace sin padre humano, sin modelo humano al que ajustarse es el que puede ser y de hecho va a ser la presencia de Dios en la tierra.


A los pobres se les anuncia la buena noticia

Una tierra en la que este tendrá por misión lo que mandó decir a los emisarios del Bautista y que leíamos el domingo pasado: “Ciegos ven, cojos andan, leprosos quedan limpios y sordos oyen, muertos resucitan, a pobres se les anuncia la buena noticia” (Lc 7,22). En esto consiste la misión de Jesús: en acabar con la incomunicación de todos aquellos que, por esto, viven apartados de la sociedad, como descartados (ciegos, cojos, leprosos, sordos), en dar nueva vida a los que la han perdido y en anunciar a los pobres la buena noticia. Y a los pobres solo hay una noticia que pueda resultarles buena: que llega el final de su pobreza. Jesus preconizaba ese mundo de hermanos donde todos pudiesen sentarse a la mesa de la vida. Entonces esto no era posible, pues no había bienes en la tierra para todos. Ahora, en el siglo XXI, hay ya recursos suficientes para poner fin a la pobreza y dar la buena noticia a un mundo en el que los ricos acaparan la inmensa mayoría de los recursos que son de todos.


¿Un mundo pospobreza?

Dicho en palabras de Adela Cortina en un artículo publicado en el diario El País (9-12-22), la buena noticia para este mundo sería anunciar ya el final de la pobreza, construyendo un mundo “pospobreza”.


Transcribo a continuación unos párrafos de este artículo cuya lectura recomiendo:


“Los habitantes de ese nuevo mundo hablaremos del anterior como de una antigualla estrafalaria, lejana e incomprensible: ¿te acuerdas de cuando había mendigos en las calles, personas sin hogar, gentes que acudían a las colas del hambre, familias enteras en las que no entraba un solo sueldo, personas obligadas a prostituirse para sobrevivir, emigrantes recibidos con hostilidad, devueltos a sus lugares de origen o ignorados? ¿Te acuerdas de cuando la desigualdad entre los países y en cada uno de ellos era flagrante? Del mismo modo que ahora hablamos de la esclavitud, la desigualdad de razas y entre mujeres y varones como lacras todavía existentes, pero inadmisibles, trataremos entonces de la pobreza. Y no hay que decirlo en potencial, “ocurriría así”, sino en futuro, “será así”. Porque acabar con la pobreza es una obligación al menos por tres razones: las personas tienen derecho a que la sociedad las ayude a no ser pobres, contamos con los medios materiales para ello y nos hemos comprometido abiertamente desde el primero de los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS)”


Esta es y no otra la buena noticia que vino a traer Jesús de Nazaret, cuyo nacimiento celebraremos dentro de unos días. Y no se trata de una simple necesidad, sino de una obligación a la que todos, creyentes o no, debemos contribuir.


“Desgraciadamente, continúa Adela Cortina, el Estado de bienestar solo prendió en un reducido número de países, e incluso en ellos ha entrado en crisis desde fines del siglo pasado, al menos en parte. En 2020, el informe sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible, reconoció que antes de la covid-19, el mundo estaba lejos de acabar con la pobreza para 2030, pero desastres como la pandemia y la guerra en Ucrania han provocado el primer aumento de la pobreza global en décadas. Se estima en 700 millones de personas, según la medida del Banco Mundial de 1,9 dólares al día, y en 1.200 millones según el Índice de Pobreza Multidimensional. Y, sin embargo, la riqueza producida por el proceso globalizador, no digamos ya por las revoluciones 4.0 y 5.0, debería permitir que todos los seres humanos tuvieran ampliamente cubiertas sus necesidades básicas, de modo que pudiéramos inaugurar la etapa de “un mundo pospobreza”.


Lecturas recomendadas:

-Adela Cortina, “Pospobreza”:

https://elpais.com/opinion/2022-12-05/pospobreza.html


-Los padres de Jesús: José y María:

https://www.ibicla.org/post/los-padres-de-jesus-jose-y-maria


-Concepción virginal

https://www.ibicla.org/post/concepcion-virginal

-Sobre “los evangelios de la infancia”, puede verse la serie de artículos publicada el año pasado en esta misma web en la que se encuentras en los dos últimos citados.


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