Una fe puesta a prueba

Actualizado: 26 ene

Santa María, Madre de Dios


Primera lectura: Números 6,22-27

Salmo interleccional: Salmo 66

Segunda lectura: Gálatas 4,4-7


EVANGELIO

Lucas 2, 16-21



UNA FE PUESTA A PRUEBA

1 de Enero de 2022

Excavaciones en Nazaret, bajo el suelo de la Basílica de la Anunciación


Nota: Si prefieres oír el texto del comentario que sigue, haz click aquí.


Los pintores han dibujado a María sobre las nubes, rodeada de ángeles, “envuelta en el sol, con la luna bajo sus pies y en la cabeza una corona de doce estrellas”, subiendo hacia Dios, despegando de la tierra.


Colocada entre Dios y los hombres, María parecía pertenecer más a una esfera intermedia que al mundo de los humanos. Esta imagen “en ascensión”, basada en una interpretación tradicional que identifica a María con la mujer que lucha contra el dragón descrita en el Apocalipsis (c. 12), parece haberla rescatado para Dios del mundo de los humanos.


A partir de la escena de la anunciación, entendida al pie de la letra por predicadores e intérpretes del texto bíblico, se ha impuesto otra imagen de María, la de una mujer clarividente que, desde el primer momento, conoce de “pe a pa” todo el plan de Dios sobre ella, acatándolo con un “sí” tajante y decidido.


Pero una lectura entre líneas del evangelio de Lucas da a entender que la fe de María, o lo que es igual, su adhesión al mensaje de su hijo Jesús, se asemeja a la de los cristianos de a pie que se debaten entre dudas y preguntas, entre incertidumbres y contradicciones.

En los dos primeros capítulos de su evangelio, Lucas lo pone de relieve: “Los pastores fueron corriendo y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho del niño. Todos los que lo oyeron se admiraban de lo que les decían los pastores. María, por su parte, conservaba el recuerdo de todo esto, meditándolo en su interior” (Lc 2,16ss).


La noticia –subversiva, por inesperada- de un Mesías, niño, acostado en el pesebre, coge de sorpresa a todos, incluída María. Aquello no entraba en el programa de la teología de entonces. ¡El Mesías, el Salvador, el Heredero del trono de David, su padre... acostado en un pesebre! ¡El hijo del Altísimo sumergido en la debilidad humana: un tierno niño, compartiendo ya desde el principio la condición de los humildes y pobres de la tierra.

María, -comenta Lucas-, conservaba el recuerdo de todo esto, meditándolo en su interior”. Difícil de digerir la escena; por eso María tendría necesidad de meditar en su interior estos acontecimientos que rompían los esquemas que se habían trazado tradicionalmente sobre el Mesías venidero.


Más adelante, cuando Simeón se refiere a Jesús como “al salvador, colocado ante todos los pueblos, como luz para alumbrar a las naciones y gloria de Israel”, el evangelista vuelve a comentar que “su padre y su madre estaban sorprendidos por lo que se decía del niño” (Lc 2,30‑32). Tampoco era este el mesías esperado, un mesías universalista que venía a alumbrar a las naciones –los pueblos paganos-, pero que se manifestaría en Israel (gloria de Israel). Se esperaba más bien un mesías “de y para” el pueblo de Israel que proclamaría el año de gracia para su pueblo, pero la sentencia de castigo contra las naciones (los demás pueblos de la tierra, los no judíos o paganos), como había anunciado Isaías (61,1-2), un mesías que mantedría a la humanidad partida en dos: el pueblo de Israel (elegido) y el resto de pueblos de la tierra (castigados).


Finalmente, cuando más tarde los padres de Jesús lo encuentran en el templo entre los maestros, el evangelista apostilla de nuevo: “Ellos no comprendieron lo que quería decir... Su madre conservaba en su interior el recuerdo de todo aquello” (Lc 2,50‑51).


El recuerdo y la reflexión sobre todos aquellos acontecimientos posibilitaría a María su comprensión. Por estas frases de Lucas -y otras que podemos leer entre líneas en los restantes evangelios- concluimos que el camino de fe de María, hasta llegar a aceptar el plan de Dios en Jesús, debió pasar, como el nuestro, por momentos de oscuridad, de duda, de sorpresa y extrañeza. La luz se haría a base de darle vueltas a los hechos, de meditar y reflexionar hasta llegar a comprender que el mesías esperado no era el mesías anunciado a bombo y platillo por las escuelas teológicas de la época: un Mesías a la usanza de David, cuyo programa de gobierno giraba en torno a dos ejes: la fuerza militar y la unificación del pueblo de Israel en torno al templo.


Aquel “mesías guerrero” poco tenía que ver con el Jesús de los evangelios que, en el sermón de la montaña, proclamó: “Dichosos los que trabajan por la paz, porque a ésos los va a llamar Dios hijos suyos” (Mt 5,9). Esa paz, que, para los semitas, significa prosperidad, tranquilidad, derecho y justicia, con la que se consigue la felicidad del ser humano individual y socialmente considerado. A quienes trabajan por la paz, Jesús les promete que “Dios los va a llamar hijos suyos”, o lo que es igual, los va a hacer semejantes a él.


Ese Jesús mismo, pacífico y pacificador, convocó a todos los que estában cansados y agobiados (se entiende “por la enseñanza de los fariseos, los entendidos en leyes”) para invitarlos a cargar con su yugo, un yugo llevadero, el yugo del amor, su único mandamiento, opuesto a los infinitos e innumerables mandamientos de la Ley o yugo de Moisés, imposibles de cumplir, que terminaban por sumir a los fieles judíos en un profundo sentimiento de culpa, en un legalismo abrumador y en una moral sin alegría.


María, como buena judía, no entendió del todo esto desde el principio. Ante las palabras del ángel ella dice: Aquí está la sierva del Señor, cúmplase en mí lo que has dicho (Lc 1,38). La fe de María evolucionaría del judaísmo al cristianismo cuando tomase conciencia de que ya no era “sierva”, sino “hija de Dios” como proclamó Jesús, aunque, por supuesto, nunca llegó a considerarse la “madre de Dios”.


El dogma de la Maternidad divina de María fue solemnemente definido por el Concilio de Efeso (año 431) y después por los de Calcedonia (451) y II de Constantinopla (553 d. C.), haciendo referencia a este el Concilio Vaticano II con estas palabras: "Desde los tiempos más antiguos, la Bienaventurada Virgen es honrada con el título de Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles acuden con sus súplicas en todos sus peligros y necesidades" (Constitución Dogmática Lumen Gentium, 66).


Pero este dogma de la Maternidad divina de María, como los de la Inmaculada Concepción, La Concepción virginal de Jesús y la Asunción de María a los cielos, -entre otros proclamados por la Iglesia a lo largo de los siglos- plantean desde la mentalidad de un creyente moderno, pero crítico, serios problemas de aceptación e interpretación.

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