Y del "más allá", ¿qué?


XXXII Domingo del Tiempo Ordinario


Primera lectura: 2 Macabeos 7, 1-2. 9-14.

Sal 16.

Segunda lectura: - 2 Tesalonicenses 2, 16 - 3, 5.

EVANGELIO

Lucas 20, 27-38.


Y del "más allá", ¿qué?

06 de noviembre de 2022

Mezquita de Damasco en Siria.


Nota: Si prefieres oír el texto del comentario que sigue, haz click aquí.


Se acercaron entonces unos saduceos, de esos que niegan la resurrección, y le propusieron este caso:


-Maestro, Moisés nos dejó escrito: "Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano". Bueno, pues había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. El segundo, el tercero y así hasta el séptimo se casaron con la viuda y murieron también sin dejar hijos. Finalmente murió también la mujer.


Pues bien, esa mu­jer, cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos va a ser mujer, si ha sido mujer de los siete?


Jesús les respondió: -En este mundo, los hombres y las mujeres se casan; en cambio, los que han sido dignos de alcanzar el mundo futuro y la resurrección, sean hombres o mujeres, no se casan; es que ya no pueden morir, puesto que son como ángeles, y, por haber nacido de la resurrección, son hijos de Dios. Y que resucitan los muertos lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "el Dios de Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Ja­cob" (Éx 3,6). Y Dios no lo es de muertos, sino de vivos; es de­cir, para él todos ellos están vivos.

Y del “más allá”, ¿qué?

Pregunta extraña esta, hoy que se nos recomienda vivir el presente con intensidad, el famoso “carpe diem” de los romanos, ante un futuro que se auspicia, tal vez más que nunca, incierto y problemático, debido especialmente a la guerra de Ucrania y a la nueva confrontación entre bloques políticos y militares antagónicos, con la amenaza de una temible, pero posible confrontación atómica… (¡Ojalá que no tenga lugar esa locura…!).


Como personas o como creyentes, ¿esperamos que no todo termina aquí, sino que el ser humano tiene una ventana abierta al más allá?


Mirando a nuestro alrededor vemos que, entre los que habitamos el planeta, hay dos tendencias como innatas ante el más allá de la muerte.


¡Sí AL “MÁS ALLÁ”!

Hay un grupo de personas que viven con una inquietud y apego casi desesperado a un “plus” más allá de las fronteras de la muerte. Ernst Block llamaba a esto la “melancolía de la plenitud”. Para estos, el telón de fondo de la muerte ensombrece todo posible asomo de felicidad. Decía Rudolph Pannenberg que “la muerte cuestiona radicalmente cualquier asomo de sentido en la vida individual”.


Ninguna de las grandes religiones de la humanidad anunció la resurrección corporal de su fundador o de sus seguidores como lo hace el cristianismo. La muerte fue siempre respetada. Incluso el zoroastrismo, la primera religión que abordó de modo sistemático el tema del más allá, y que influiría poderosamente en las visiones sobre el más allá del Judaísmo, el Cristianismo y el Islam, anunciaba no una resurrección personal o individual, sino una resurrección general para el final del mundo.


La creencia en una resurrección personal y el libro de los Macabeos

La idea de anticipar esa resurrección universal y encarnarla en un personaje histórico fue la novedad absoluta que aportó el cristianismo, de modo que la fe en la resurrección de Jesús fue el factor determinante de separación entre el judaísmo y el cristianismo.


Es verdad que el pueblo de Israel tardó muchos siglos en asomarse a la esperanza de un más allá tras la muerte, pues la creencia en el más allá comenzó muy tardíamente, en el libro segundo de los Macabeos (capítulos 6 y 7), cuando Antíoco IV Epífanes (167-164 a.C.), rey sirio que dominaba Palestina, saqueó el templo de Jerusalén exigiendo a los judíos adorar a Zeus y a los dioses griegos, y obligándolos a comer la carne inmolada a los ídolos en lugar de seguir a Yahvé, el Dios de Israel.


Esta orden provocó la conocida rebelión de los macabeos contra él. Y es precisamente en este libro donde se atisba en la Biblia por primera vez el camino a un más allá de la muerte. En él se nos habla de la madre de siete hijos que murieron mártires por no aceptar la orden del tirano. Este libro dice así: “Cuando murió así el primero de los siete hijos de una madre judía, llevaron al segundo al suplicio, le arrancaron los cabellos con la piel y le preguntaban si pensaba comer (carne inmolada) a los ídolos antes de que lo atormentasen miembro a miembro. El respondió en lengua materna: -No comeré. Por eso también él sufrió a su vez el martirio como el primero. Y estando para morir, dijo, dirigiéndose al rey: -Tú, malvado, nos arrancas la vida presente, pero cuando hayamos muerto por su Ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna. El cuarto dijo: Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. En cambio tú no resucitarás para la vida. También la madre, después de ver morir a sus siete hijos, dijo:: Yo no sé cómo aparecisteis en mi seno; yo no os di el aliento ni la vida, ni ordené los elementos de vuestro organismo. Fue el creador del universo, el que modela la raza humana y determina el origen de todo. El, con su misericordia, os devolverá el aliento y la vida si ahora os sacrificáis por su Ley”.


Precisamente porque la muerte es muda y cruel, muchos humanos se resisten a otorgarle honores de instancia última y se lanzan así a la aventura de concebir otra vida, un más allá de la muerte. Incluso antes de los macabeos, Platón defendía que lo más importante del ser humano, el alma, no moría.


¡NO AL “MÁS ALLÁ”!

Pero hay también otra corriente que profesa la renuncia al deseo de la existencia de un “más allá” tras la muerte. Esta corriente va in crescendo al menos en nuestro mundo occidental en la medida en que se ha ido implantando hoy el tan amenazado “estado del bienestar”. Tierno Galván, el famoso alcalde de Madrid, lo expresó de esta manera: “Yo vivo perfectamente en la finitud y no necesito más”. Stuart Mill decía: “Me veo inclinado a pensar que, conforme la condición de la humanidad vaya mejorando, y los hombres sean cada vez más felices con sus vidas y más capaces de encontrar una felicidad no fundamentada en el egoísmo, irán preocupándose menos de las promesas de una vida futura”.


Entre los modernos, como vemos, hay quienes no se preocupan por su propia pervivencia personal. En esta línea se expresa la teóloga protestante Dorothy Sölle: “La pregunta de si todo termina con la muerte es una pregunta atea. Pues ¿qué es ese “todo” para ti? Tú no puedes describir tu propia muerte con la fórmula “entonces se acabó todo… Continúan mis ilusiones, los proyectos en común que puse en marcha, las cosas que comencé y no terminé. Es verdad que yo ya no comeré, pero se seguirá cociendo y comiendo pan; y, aunque yo ya no beba, se continuará derramando el vino de la fraternidad. Yo ya no respiraré como persona individual, como mujer del s. XX, pero el aire continuará estando ahí para todos”. Según lo dicho, a esta teóloga no le importa que su “yo” desapareciese tras la muerte. No tiene esa sed de durar que angustiaba a Unamuno, cuando decía: “Yo no digo que merezcamos un más allá ni que la lógica nos lo muestre; digo que lo necesito, merézcalo o no. Y nada más. Digo que lo que me pasa no me satisface, que tengo sed de eternidad, y que sin ella me es igual todo. Yo necesito eso, ¡lo ne-ce-si-to! Y sin ella ni hay alegría de vivir, ni la alegría de vivir quiere decir nada. Es muy cómodo esto de decir: ‘¡Hay que vivir!’, ‘¡Hay que contentarse con la vida!’ ¿Y los que no nos contentamos con ella?»


He traído a colación corrientes de pensamiento para mostrar cómo mientras unos humanos esperan un más allá tras la muerte, otros se decantan serenamente por un acabamiento definitivo.

LA ENSEÑANZA CRISTIANA SOBRE LA RESURRECCIÓN DE JESÚS

Ante estas dos posturas, pervivencia después de la muerte, sí / pervivencia después de la muerte / no, la enseñanza cristiana sobre la resurrección de Jesús se presenta como un acontecimiento revolucionario en la historia de las religiones y representa la mayor de las utopías, pues significa para sus seguidores la victoria definitiva de la vida sobre la muerte, del bien sobre el mal, alimentando, consecuentemente, la esperanza de todos los desesperanzados de este mundo, de los injustamente ajusticiados, el sueño dorado de tanta marginación, la subversión de tantos derechos humanos pisoteados. De modo que el anuncio de la resurrección de Jesús se convirtió en la iglesia primitiva en un grito subversivo: un grito de condena de todos los que, desde el poder religioso o civil, asesinaron a Jesús y en lugar de dar vida al pueblo, se la quitaban.


Pero la pregunta sobre el más allá y sobre la resurrección tras la muerte no es solo de hoy. Ya en tiempos de Jesús era objeto de debate entre fariseos y saduceos; los primeros, lo afirmaban; los segundos, lo negaban, como puede verse en el evangelio que comentamos hoy.


La ley del levirato entre los judíos

Tener muchos hijos en Palestina era una bendición del cielo; morir sin hijos, la mayor de las desgracias, el peor de los castigos celestiales... Para evitar esto último, el libro del Deuteronomio prescribía lo siguiente: “Si dos hermanos viven juntos y uno de ellos muere sin hijos, la viuda no saldrá de casa para casarse con un extraño; su cuñado se casará con ella y cumplirá con ella los deberes legales de cuñado; el primogénito que nazca continuará el nombre del hermano muerto, y así no se extinguirá su nombre en Israel” (Dt 25,5‑7). Es la conocida ley del “levirato” (palabra derivada del latín “levir”: cuñado).


Pues bien, refiere el evangelio de Lucas que se acercaron a Jesús unos del partido saduceo y “le propusieron esto: ‑ Maestro, Moisés nos dejó escrito: ‘Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero no hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano’. Bueno, pues había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. El segundo, el tercero y así hasta el séptimo se casaron con la viuda, y murieron también sin dejar hijos. Finalmente murió también la mujer. Pues bien, esa mujer cuando llegue la resurrección ¿de cuál de ellos va a ser mujer, si ha sido mujer de los siete?”.


Saduceos y fariseos ante el “más allá”

Pregunta capciosa que trataba de poner en ridículo la doctrina de la resurrección y el más allá en la que los afiliados al partido saduceo no creían. Dentro del entramado social del judaísmo, los saduceos eran los portavoces de las grandes familias ricas, que vivían y disfrutaban de los copiosos donativos de los peregrinos judíos que subían al templo de Jerusalén y del producto de los sacrificios allí ofrecidos. El tesoro del templo, que ellos custodiaban y administraban, venía a ser como la Banca nacional. No hay que confundir estos saduceos con la casta formada por los simples sacerdotes, muy numerosa y más bien pobre. Representaban, por tanto, la aristocracia religiosa y seglar de la época, y eran conocidos por su riqueza. Por ser ricos admitían como palabra de Dios sólo los cinco primeros libros de la Biblia, considerando sospechosos de herejía los escritos de los profetas que atacaban sin piedad a los ricos propugnando una mayor justicia social. Los saduceos pensaban que Dios premia a los buenos y castiga a los malos en este mundo; en consecuencia se consideraban buenos y justos, pues gozaban de riqueza y poder, signos claros del favor divino. Negaban la resurrección y el más allá, pues aceptar la posibilidad de un juicio de Dios tras la muerte suponía para ellos perder la seguridad de una vida basada en el poder y en el dinero.


Sus oponentes, los fariseos, -herederos del pensamiento sobre el más allá del persa Zaratustra- lo imaginaban como una continuación de la vida terrena, aunque más perfecta, hasta el punto de hablar de una fecundidad fantástica del matrimonio en la otra vida.


La respuesta de Jesús

A la pregunta de los saduceos, Jesús respondió: “-En esta vida los hombres y las mujeres se casan; en cambio, los que sean dignos de la vida futura y de la resurrección, sean hombres o mujeres, no se casarán; porque ya no pueden morir, puesto que serán como ángeles, y, por haber nacido de la resurrección, serán hijos de Dios. Y que resucitan los muertos lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: ‘El Dios de Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Jacob’. Y Dios no lo es de muertos, sino de vivos: es decir, que para él todos ellos están vivos” (Lc 20,26‑38). Queda claro que, para Jesus, no tiene sentido una religión de muertos tal y como hemos reducido frecuentemente al cristianismo y podemos constatar estos días en torno al día de los difuntos.


En contra de los saduceos, Jesús afirma la existencia de otra vida, tras la muerte. Pero la vida que perdura no es una mera prolongación de la vida orgánica, como imaginaban los fariseos, porque no está sujeta a la muerte. La ausencia de muerte en el más allá quita sentido, por tanto, a la perpetuación de la vida por medio de las relaciones sexuales.


Quienes ya lo tienen todo en este mundo, como los saduceos, se incomodan también hoy con la aventura de un más allá inquietante y desestabilizador, aunque en la mayoría de los casos pienso que todo esto del más allá les suena a música celestial y les trae más bien al pairo.


Pablo de Tarso y la resurrección

El apóstol Pablo considera tan fundamental la esperanza en la resurrección personal que se atreve a decir lo siguiente a los Corintios entre los que algunos dudaban de esta: “Ahora, si de Cristo se proclama que resucitó de la muerte, ¿cómo decís algunos que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado, y si Cristo no ha resucitado, en­tonces nuestra predicación no tiene contenido ni vuestra fe tampoco. Además, como testigos de Dios, resultamos unos em­busteros, porque en nuestro testimonio le atribuimos falsamente haber resucitado al Mesías, cosa que no ha hecho si realmente los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco ha resucitado el Mesías, y si el Mesías no ha resucitado, vuestra fe es ilusoria… y si la esperanza que tenemos en el Mesías es sólo para esta vida, somos los más desgraciados de los hombres... Dejad de engañaros: ‘Malas compañías estragan buenas costumbres`…. Sacudíos la modorra como es razón, y dejad de pecar. Ignorancia de Dios es lo que algunos tienen; os lo digo para vuestra vergüenza (2Cor 15, 12-17.19.33-34).


Y alentado por esta esperanza en la resurrección, Pablo siente fuerza para superar los peores momentos de su experiencia misionera cuando dice: “Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan; paseamos continuamente en nuestro cuerpo el suplicio de Jesús, para que también la vida de Jesús se transparente en nuestro cuerpo; es decir, que a nosotros que tenemos la vida, continuamente nos entregan a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se transparente en nuestra carne mortal. Así la muerte actúa en nosotros y la vida en vosotros. Sin embargo, poseyendo el mismo espíritu de fe que se expresa en aquel texto de la Escritura: «Creo, por eso hablo» (Sal 116,10), también creemos nosotros y por eso hablamos, sabiendo que aquel que resucitó a Jesús nos resucitará también a nosotros con Jesús y nos colocará con vosotros a su lado” (2Cor 4,8-14).


No todo termina con la muerte

De este modo, Pablo se suma a quienes creen que no todo termina con la muerte, aunque ni Pablo ni nosotros podamos otear algo más sobre el cómo, el cuándo y el qué de ese “más allá” que la muerte y resurrección de Jesús preconizan. Lamentablemente el cristianismo ha girado más en torno al más allá que al más acá, a la muerte que a la vida, siendo así que, como se lee en el evangelio que comentamos, el Dios cristiano no es un Dios de muertos, sino de vivos. Tal vez los teólogos de otros tiempos se hayan pasado de listos queriendo dar respuesta a preguntas sobre ese “más allá” del que poco o nada podemos saber, pues este no es objeto de ciencia, sino de creencia.

Nota

He tomado la primera parte de esta exposición de un curso que di en la cátedra de Mayores de la Universidad de Córdoba, titulado “Y dicen que resucitó” que tenía por fuente de información, entre otros, un libro del teólogo Manuel Fraijó, Avatares de la creencia en Dios (Editorial Trotta, Madrid 2015).


La doctrina de Zaratustra o Zoroastro sobre el más allá, puede leerse, aunque muy resumida, en este blog:

https://apuntes-de-filosofia.blogspot.com/2008/04/la-doctrina-de-zaratustra.html


Esta doctrina, que tuvo un fuerte influjo en las concepciones de ultratumba de los fariseos, de la que, en parte, participa Jesús- impregnó más tarde –ciertamente con modificaciones- las ideas sobre el más allá del cristianismo, heredero lejano como el farisaísmo, de la doctrina de Zaratustra sobre el más allá.

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